Juan Carlos Reyes es uno de los pocos tanatopractas que trabajan en el país. La actividad que él realiza, la tanatopraxia, es desconocida para muchos ecuatorianos. Generalmente, es confundida con el maquillaje para difuntos o con la tanatología. Si bien es cierto que el maquillaje forma parte de la tanatopraxia, el trabajo que estos profesionales cumplen abarca mucho más que las sombras, los labiales y los esmaltes. Con el fin de conocer más sobre esta rama de la medicina, me acerqué a una prestigiosa funeraria de la ciudad de Quito.
Al llegar, Juan Carlos me recibió con una gran sonrisa. Su zona de trabajo está ubicada en el subsuelo del edificio. Para llegar a su oficina es necesario pasar por entre unos cofres mortuorios y una mesa cubierta con botellas llenas de formol. A medida que nos acercábamos, el sonido del crematorio se hacía cada vez más alto. Cuando al fin entré al despacho, lo que más me llamó la atención fueron unas pequeñas cajas de madera que estaban colocadas en un anaquel, eran urnas. Mis nervios producidos, no por el lugar fúnebre en el que me encontraba, sino por mi inexperiencia como entrevistadora, apartaron el temor que en situaciones normales sentiría.
Pamela: ¿En qué consiste la tanatopraxia?
Juan Carlos: El tanatopracta, o tanatopractor, como también se lo conoce, es el profesional que se encarga de preservar, presentar e higienizar a las personas fallecidas. Lo que uno realiza sirve para dar una apariencia apacible al cadáver, con el fin de que se pueda exhibir durante la velación. Hay varias ventajas: dentro del campo sanitario, hay una disminución de contagio por enfermedades que los fallecidos tuvieron antes de morir; y, dentro del punto de vista emocional, este trabajo permite que el duelo de los familiares sea un poco más llevadero. Cuando tú ves [en el velorio] a tu familiar con una expresión tranquila, con la textura de su rostro normal, a nivel emocional, tú piensas: “mi familiar está sereno”. Automáticamente crees que esa persona está en paz, y al creer que está en paz, si eres católica, asocias con que tu familiar está en el cielo y esto te puede ayudar a llevar mejor el duelo. Lo que no pasa cuando el cadáver no es preparado mediante las prácticas de tanatopraxia.
P: ¿Por qué?
J.C: Porque, cuando los cadáveres no son tratados, es posible encontrar el caso de que el difunto tenga la nariz tapada con motas de algodón o que su piel esté morada. No sé si tú has visto. O por ejemplo, que tenga vendajes alrededor de la cabeza, para cerrarles la boca. O, incluso, a veces no tienen el vendaje y son presentados en el velorio con la boca abierta. Esta imagen no les va a ayudar a los familiares, en lo absoluto.
P: ¿Hace cuánto incursionó en el campo de la tanatopraxia?
J.C: Yo soy enfermero tanatopracta desde hace 14 años. Seguí un diplomado en el Instituto de Servicios Funerarios en Barcelona, pero fui allá con el título de enfermero. De hecho, yo sigo practicando la enfermería en un hospital. Mi profesión me ha permitido conocer todas las etapas de un ser humano. Como enfermero, cuando hice el año de salud rural, tuve la oportunidad de hacer controles prenatales, o sea, valorar al niño desde antes de que nazca. También atendí partos, yo mismo les recibí a los niños. He cuidado niños recién nacidos, niños en edad preescolar, escolar, a adolescentes, a adultos, a adultos mayores y, a la final, a los muertos. Entonces yo pienso que mi profesión se ha complementado. Yo puedo ver la vida, desde que empieza hasta que termina.
P: ¿Qué le motivó a seguir esta rama de la medicina?
J.C: Lo que me motivó fue el conocer, porque el conocimiento no ocupa espacio. Cualquier cosa que tú aprendas, te sirve. De hecho, todos los días aprendemos algo. Hace 14 años alguien me propuso trabajar en la empresa donde actualmente estoy laborando. En ese momento, esta empresa recién estaba empezando. Los dueños tenían una visión diferente, no querían dar servicios funerarios tradicionales, en los que los cadáveres se presentaban así no más, como llegaban y los familiares se encargaban de todo. Ellos tenían otra concepción de servicio y me pareció interesante. Y me dije: “¿por qué no? Es bueno aprender, quiero aprender y… voy a ver qué tal me va”. No te niego que tenía algunas dudas, porque no me gustaba que se me mueran, de hecho, no me gusta que se mueran mis pacientes. Pero me tocó aprender a trabajar con fallecidos y ahora veo que mi trabajo tiene mucho sentido, tiene mucha lógica porque es un servicio que va a ayudar a alguien.
P: ¿Cómo se siente usted cuando trabaja con cadáveres?
J.C: No tengo miedo, no tengo recelo. Tengo respeto por cada persona que viene a mi unidad de trabajo. Trato de hacer mi trabajo lo mejor posible. Cuando yo recibo un cuerpo, para mí, ese rato, esa es la persona más importante que existe. Yo hago todo lo posible por dejarle bien. Aunque tenga muchas heridas, yo hago mi mejor trabajo porque sé que atrás de esa persona hay una familia que espera verlo bien. Si yo no hago un buen trabajo, ellos van a quedar marcados para toda la vida. Pienso que mi área de trabajo no es lúgubre, yo siempre trabajo con música. Trato de despedirles a los fallecidos con musiquita, con una serenata que a lo mejor no les dieron en vida.
P: ¿Qué tipo de música les pone?
J.C: Depende. Por ejemplo, si es un niño le pongo música infantil y le canto, porque además me encanta esa música. Si es una viejita, pongo música nacional y se la canto igual. Mientras voy trabajando, cantando y haciendo mis cosas, yo converso con esas personas. Para mí, éste no es un trabajo que yo hago solito. El fallecido no me contesta pero hay una interacción entre él y yo. Yo le digo: “le voy a bañar, le vamos a vestir, ¿cómo se peinaba?, yo creo que así se peinabaa mejor”. Cuando yo trabajo no me siento solo, sé que alguien está ahí. Medio raro, ¿no? Pero así es como yo lo siento.
P: ¿Nunca ha sentido miedo?
J.C: Me ha dado algunas veces miedo pero sólo por los prejuicios que uno tiene. Una vez vino una persona que en vida había sido satánica, tenía tatuajes. Eso me impactó. Fue cuando recién empecé en la tanatopraxia. Pero el miedo pasó. Yo digo: “Ése es mi trabajo y tengo que hacerlo”. Pero para serte franco, sí he tenido algunas experiencias raras. Yo sentí la presencia de una chica blanca y de pelo negro en mi carro. Yo no le veía claramente, sino sólo una silueta y estaba sentada en el asiento de atrás. Al principio, creía que era mi imaginación pero de pronto empezó a subir y bajar los seguros de las puertas, de las cuatro puertas al mismo tiempo. Yo no fui el único que sintió esa presencia, varios amigos míos estuvieron ahí cuando ocurrió lo de los seguros. Una amiga, cuando se subió a mi carro, me dijo: “Siento que alguien me está mirando”. Y yo pensaba: “Si no me hace nada, ha de ser buena”. Luego de un tiempo, así como apareció, se fue.
P: ¿Qué es lo más gratificante de su prosfesión?
J.C: Cuando, después del funeral, los familiares se acercan, quieren conocerme y me agradecen. Me dicen que quedó muy lindo o muy linda su familiar. Cosas así me llenan.
P: ¿Y qué es lo que menos le ha gustado?
J.C: La experiencia más trágica que tuve que pasar fue en el año 1999, cuando fue el accidente de Cubana de Aviación. Hubo un montón de fallecidos con quemaduras graves, gente que no podía ser reconocida porque estaba carbonizada. Trabajé 3 días seguidos, las 24 horas del día. Venía un cadáver tras otro. Yo decía: “Ya no quiero más, ya no”. Pero al mismo tiempo me ponía a pensar: “Si no hago yo este trabajo, ¿quién más lo va a hacer?, y los familiares están esperando”. Era un conflicto interno. Ahora recuerdo esa experiencia y todavía me parece fea, pero digo: “Si yo pasé eso, nada más feo creo que me llegue”.
P: ¿Cómo ha cambiado su vida? ¿Cómo lo ha cambiado a usted como persona?
J.C: La tanatopraxia me ha ayudado a valorar más a mi gente, a mi familia. Ahora disfruto de los pequeños momentos que tengo con ellos, no me pierdo ni uno. Son muy raras las ocasiones en las que no voy a una reunión o a un cumpleaños.
P: ¿Cree que los tanatopractas pueden verse afectados psicológicamente por el hecho de que trabajan con muertos?
J.C: Trabajar en una funeraria sí afecta el estado de ánimo. Sin embargo, hay formas de contrarrestar estos sentimientos. Una de ellas es tener una actitud positiva, no sólo en este trabajo sino en todos los trabajos. Si tú tienes una mala actitud, te va a ir mal. Lo que yo hago es, en ese momento, tratar al muerto como la persona más importante, pero sólo en ese momento. Yo le arreglo, le cuido, le trato lo mejor posible. Pero cuando ese fallecido salió de mis manos, salió de mi vida para siempre. Ése es un mecanismo que yo tengo para evitar el dolor y el daño psicológico.
P: ¿Cree que al no estar con los familiares del cadáver en ese momento de dolor, usted se deprime menos?
J.C: De pronto sí, eso también influye en que no me afecte tanto a mí. Pero hay ocasiones en las que yo subo a la sala para entregar el cuerpo y los familiares se ponen a llorar, pero no es el llanto de “¡ah!, mi familiar se murió” sino de “qué lindo que está, si parece que está dormidito”. Entonces es una connotación diferente del llanto, diferente a la que otras personas pueden percibir. Lo que yo percibo no es tragedia, sino siento el agradecimiento de las familias.
P: ¿Le gustaría agregar algo más?
J.C: Me gustaría agregar algo que pasa con la tanatopraxia. Lastimosamente, muchas empresas funerarias ofrecen y promocionan este servicio pero no saben de qué se trata, ni cómo realizarla. Si alguien quiere dedicarse a la tanatopraxia debería prepararse para servir bien a la comunidad. Muchas funerarias no tienen el personal calificado.
P: Por último, me gustaría saber cuál es la diferencia entre tanatólogo y tanatopracta.
J.C: El tantatólogo es la persona que se encarga de las personas que aún no mueren pero que están desahuciadas. Se dedica a lo que se llama el “buen morir”. Orienta a la familia y al paciente para que estén preparados en el momento de la muerte.
Es interesante conocer este lado de la muerte que muchas de las personas no saben que existe. Juan Carlos compartió su experiencia conmigo y me enseñó que la muerte no debe ser temida. Su forma de cuidar y atender a los muertos evidencia el respeto que tiene por la vida y, aunque para muchos su trabajo no sea agradable, para él es la forma más adecuada de contribuir con la sociedad, de ayudar a las familias y de despedir a los fallecidos de la forma que se merecen.
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Excelente post! me encanta que haya personas que trabajen por el bien común… aún después de que el cliente haya muerto.