C. G. Jung confronta al inconsciente en el Libro rojo

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Uno de los episodios más dramáticos, intensos y telenovelescos del aparentemente frío y poco emocional mundo de la ciencia es el que originó la ruptura, dolorosa y enredada hasta lo divertido, entre S. Freud, el padre del Psicoanálisis, y C. G. Jung, su hasta entonces unigénito.

Lo más curioso del culebrón protagonizado por tan prestigiosos psiquiatras es el hecho de que, al parecer, la desavenencia reprodujo punto por punto una de las fases de desarrollo del conflicto edípico: el deseo de matar al padre para hacerse con su poder, cosa que Freud atribuyó a Jung, su colega y protegido, con ocasión de hallarse éste conversando sobre unas momias. A Freud le pareció que las momias de las que hablaba Jung no eran otra cosa que el símbolo del cadáver en que éste deseaba se convirtiera su padre intelectual, y tanto fue su horror que cayó desmayado.

Freud, a la derecha, con bastón. Jung, en el extremo opuesto. Durente esta visita académica a EEUU se produjo el 'asunto de las momias'

Freud, a la izquierda, con bastón. Jung, en el extremo opuesto. Durante esta visita académica a EEUU se produjo el 'asunto de las momias'

Parece que en un principio Jung no tomó muy en serio este y otros desvanecimientos de Freud que se presentaron en el futuro, pero poco a poco la relación se fue resquebrajando hasta concluir tajantemente. La actitud de Jung ante la doctrina ortodoxa de Freud empezaba a ceder en favor de sus propias inquietudes y conocimientos personales, lo cual le llevó a plantear sus propias teorías, entre ellas dos fundamentales: a) la sexualidad no es el núcleo de la vida psíquica, y b) existe un plano psíquico compartido por todos los hombres: el inconsciente colectivo.

Eso era más de lo que Freud podía soportar. No se trataba de un simple punto de vista diferente ni eran detalles sobre los que se podía discutir. Era como si se sostuviera que la Tierra seguía siendo plana. Y por supuesto, era intolerable.

Freud rompió con Jung en estos términos:

“Su alegato de que trato a mis seguidores como pacientes es evidentemente falso…. Es una convención entre los analistas que ninguno de nosotros debe sentirse avergonzado de su propia neurosis…. Pero uno [refiriéndose a Jung] que, mientras se comporta anormalmente, sigue gritando que es normal da sustento a la sospecha de que le falta asumir su enfermedad. En consecuencia, propongo que abandonemos nuestras relaciones personales enteramente.

Sigmund Freud, 1913″

Por su parte, Jung creía que Freud era intransigente y cerradimageso, y que su personal capacidad e intuición (la de Jung) despertaban la envidia y herían la vanidad del viejo maestro. En realidad ambos tenían algo de razón. Sus mentes eran tan poderosas que hubiera sido imposible que no se atrajeran y repudiaran en algún momento, como dos colegialas que admiran y envidian la belleza la una de la otra.

Cada uno siguió su camino. Freud consiguió más discípulos que no parecían desearle la muerte y Jung se deprimió considerablemente antes de erigirse como el gran psiquiatra que era. Al final fundó su escuela: la Psicología analítica.

Los detractores han acusado a la escuela de Jung de poco rigurosa, metafísica, teologizante, numinosa e inmanente. Como terapia casi no subsiste, aunque su influjo cultural, por ejemplo en la literatura y el cine, es bastante rico y ha generado intensas experiencias artísticas y espirituales.

Pero la diferencia más profunda entre Freud y su discípulo era la forma de aproximarse al enorme descubrimiento que compartieron: el inconsciente. Freud se dedicó a conocerlo, para lo cual había que analizarlo; Jung pensaba que para conocerlo había que vivirlo.

En efecto, después de una etapa rara en la que Jung se sentía, según sus palabras, “amenazado por una psicosis”, encontró una forma de mantenerse en sus cabales  (o quizá lo contrario) mediante la escritura de un libro. En los momentos en los que lo redactaba, Jung descendía a los abismos de su mente, al mundo de sus sueños, pesadillas, deseos inconfesables, sentimientos ruines e instintos perversos. Es decir que visitaba su propio inconsciente.

Al fin de este proceso, terminó un volumen que se ha publicado hace poco con el nombre de Libro rojo. El original estuvo guardado 40 años en una bóveda y a veces se le exhibía en alguna exposición en museos. A su muerte, la familia de Jung temió que si el libro llegaba al público se pensara que el autor estaba definitivamente chiflado, sin comprender el profundo sentido y sabiduría de su insólita experiencia. El Libro rojo contiene también material gráfico: dibujos de visiones de Jung durante su descenso al infierno inconsciente, bellamente trazados, porque era además un pintor sobresaliente.

Uno de los enigmáticos dibujos del Libro rojo

Uno de los enigmáticos dibujos del Libro rojo

La venta de la edición en español del Libro rojo se anuncia para finales del año 2010.

En algunas universidades se conserva aún la sensata costumbre de explicar Freud, a pesar de las enconadas críticas de detractores que no lo han comprendido, en el mejor de los casos, o ni siquiera lo han leído, en el peor. Quien aprecie a Freud, con seguridad se interesará en el Libro rojo, no solamente para ver a dónde llevó a Jung la separación de su maestro, sino para  comprobar hasta qué punto el discípulo avanzó por su cuenta, y si logró, como pretendía, contemplar el inconsciente desde dentro y por sí mismo.

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About the Author

Mtr. Carlos Aulestia Páez. Subdirector general y co-fundador de El Imperdible. Docente de la Escuela de Comunicación de la PUCE.