Confesiones de un aprendiz de crítico teatral

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Hablemos de cosas inusuales. Imaginemos la situación: Centro de Exposiciones Quito, estás sentado en unas gradas de madera fría, inmediatamente en frente, una pared llena de plumas, que ocupa todo el campo visual, mimetiza a un estático hombre negro metido en un disfraz blanco de oso de peluche. Una mujer que luce un vestido de noche negro y un cabello descontrolado se acerca al oso, se planta frente a él, respira tranquila y le estampa un beso que muchos escandalosos señalarían como atrevido. Quedas absorto.

Después de unos agigantados segundos, el beso termina y el oso negro-blanco de peluche cae lentamente de espaldas y con él todo el gran muro que lo sostenía. La caída de la pared te deja ver el gran escenario que rápidamente se contamina de una avalancha de níveas plumas y pelusas. El tiempo se detiene cuando ves tanto blanco cayendo lento, lento, lento, y, en la mitad del escenario, un pordiosero gastado y canoso te mira fijamente.

Parpadeas para dar crédito a lo visto, te preguntas muchas cosas, sientes una densidad de incertidumbre durante toda la función y esa sensación te acompaña mientras sales a la calle, tomas un taxi y llegas a tu casa. No atinas a responder la diaria pregunta de ¿cómo te fue?, sólo piensas en sentarte en frente del computador ansioso por la reseña de la obra teatral que te han pedido redactar. Esperas la revelación que permita encontrar el inicio a la madeja de ideas.

Debo admitir que hasta ahora me siento turbado cuando recuerdo la escena y debo admitir, también, que me tomó casi 3 horas escribir la primera línea de la reseña. A pesar de lo aprendido acerca de códigos teatrales, las recomendaciones de los tutores, las prácticas interpretativas y todo lo ocurrido en el Taller de Crítica Teatral –organizado en el marco del 12do FITE (Festival Internacional de Teatro Experimental)-, me costó muchísimo darle cuerpo a mi reseña. Periodistas recién hechitos, universitarios de la PUCE -unos casi-comunicadores y otros casi-literatos- y un guionista de cine pasamos 10 días, en jornadas de 4 horas, conversando de teatro, de su historia, analizando la crítica teatral, su función, su dificultad y su oficio; pero, lo admito, el trabajo de crítico es mucho más que asistir a un taller, soplar y hacer botellas.

Eso de interpretar escenas, ponerlas en contexto y proponer una lectura de una obra teatral suena fácil en la teoría, pero resulta todo un ejercicio de observación, investigación, redacción y, sobre todo, de humildad; porque crítico o periodista que crea que sabe suficiente para su oficio y entra a un teatro dispuesto a destruir una obra en tres párrafos, merece las más altas condecoraciones de la torpeza humana.

Todo esto no quiere decir que el que no sabe de teatro no merece ir ver obras sobre las tablas, ni que el teatro está hecho para una elite que mide su erudición con el ancho de sus anteojos, sino justamente lo contrario: el crítico debe asumir el papel del espectador más ávido –que no quiere decir inocente ni ignorante- y ser quien seduce al público a acercarse al teatro e invitarlo a enriquecer las obras con su reinterpretación particular.

Debo admitir, por último, que fui al taller con el espíritu más novelero, pero al fin y al cabo ese espíritu de divertirse con cosas nuevas y de preguntar sin miedo, es el que nos termina por acercar a las cosas más inusuales e irrepetibles que, admito, después no podemos dejar de buscar.

imp

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Germán López. Redactor invitado.