Puede que todas las manifestaciones del arte sean ficción, pero encuentro a la del teatro como la más peligrosa para su público, expuesto desde que ocupa su lugar en la butaca y que tiene un ser humano al frente, también vivo, no almacenado en ningún soporte. Por esta razón es más fácil amar u odiar a los actores, a quienes muchas veces se les despide sin palabras, apenas con aplausos o silbidos.
El creador de una obra en realidad no inventa: él devuelve a la sociedad su experiencia dentro de ella, la cual es el primer punto en común con el resto de personas. Al dejar la individualidad atrás y formar parte de un público, no es casual cansarse, o ser atraído intensamente por algo varias veces en la misma obra, o en algunas.
Pippo Delbono en su obra RACCONTI DI GIUGNO, logró en mí esa conexión, no momentánea sino total, desde el inicio hasta mucho después del fin de la función, motivo de la tardanza de esta reseña. Todavía llevo una emoción que no me deja sonreír como quisiera, y me ha hecho buscar cierta soledad inexplicable. Aún me pregunto ¿vi a Pippo o un actor interpretándolo?
Con apenas un asiento, una mesa, un vaso, una botella de cerveza vacía, Pippo invitó al público a recorrer el mundo a través de Las Historias de Junio, anécdotas de Pepe, Bobó, Gianluca, y Nelson, amigos suyos. En ellas predominó la lucha contra la muerte y la seriedad: descubrir que era seropositivo, la muerte de su amigo, golpes a pesar de los cuales Pippo apreció la vida una vez más; y Bobó, vestido como Arafat, posando junto a Pippo con tal distinción que fue tomado por el verdadero Arafat.
A través del cuerpo de Pippo, enfurecido unas veces, gritón otras, revuelto en el escenario o desprendiéndose de su camiseta, sus historias despertaron la inquietud del público. Sobretodo el joven Pippo, alcoholico, drogadicto, amante, aventurero tímido… ¿Dónde quedó todo ello?, ¿qué partes de Pippo podrían haberlo anticipado? Responder esto es inútil: Pippo ingresó a los vicios por amor, por su amigo, no como un adicto más.
Pippo, mientras se presentaba, dijo que esperaba que su madre no lo haya seguido hasta Ecuador, ya que había tres palabras impronunciables ante ella. Al final las dijo, y tal vez en ellas resida la entrada a Pippo, o quizás la salida para aquellos que logramos conocerlo, y nos resistimos a creer que sólo fue una actuación: seropositivo, homosexual, budista.
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