Hay un lugar en Andalucía rodeado de montañas nevadas, donde el sol pega fuerte, se baila flamenco y se toma té caliente. Un sitio arabesco que alberga el imaginario de la generación de poetas más importante de la lengua española. Ya lo dijo Antonio Machado: “Todas las ciudades tienen su encanto, Granada el suyo y el de todas las demás”. Y es que a pesar de ser pequeña, guarda el mayor legado de la cultura árabe en la península ibérica. Allí nació Federico García Lorca; hoy se puede visitar la Huerta San Vicente, casa de campo donde el poeta pasó los veranos entre 1926 y 1936, y escribió Yerma, Romancero Gitano, Bodas de Sangre y otros libros.
El Paseo de los Tristes, el mirador San Nicolás, el tradicional barrio de El Albaicín, la Puerta de Elvira, la calle Recogidas, hacen de Granada un misterio abrazado por la Sierra Nevada. Pero lo más importante es que allí se encuentra el monumento más visitado del país ibérico: la Alhambra, un símbolo arquitectónico lleno de historia y arte.
La historia
La Alhambra fue el palacio, la ciudadela-fortaleza y la residencia de los sultanes nazaríes y de los altos funcionarios, servidores de la corte y de soldados de élite. Hacia la segunda mitad del siglo XIV, alcanzó su esplendor con los sultanatos de Yusuf I (1333-1354) y el segundo reinado de Muhammad V (1362-1391). Granada fue la capital del reino nazarí y recibió poblaciones musulmanas debido al avance de la conquista cristiana. Después del descubrimiento de América en 1492, la Alhambra quedó establecida como Casa Real con jurisdicción exenta a cargo del Conde de Tendilla.
Los Reyes Católicos ordenaron restauraciones y, más tarde, en 1526, el emperador hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, Carlos V, empezó la construcción de un palacio –cuadrado por fuera y redondo por dentro– que lleva su nombre. En esos tiempos, la Alhambra fue admirada por humanistas y artistas como Andrea Navaggiero (1524), embajador de Venecia en la Corte de Carlos V. En 1892, casi fue destruida durante la invasión napoleónica.
No fue hasta 1870 que se desligó de la Corona y pasó a dominio del Estado, declarándose “monumento nacional”. Desde principios del siglo XX, el cuidado de la Alhambra se confía a una Comisión, sustituida en 1913, por un Patronato que en 1915 pasó a depender de la Dirección General de Bellas Artes. En 1944, se creó un nuevo Patronato que se mantuvo hasta el traspaso a la Comunidad Autónoma de Andalucía de las funciones y servicios del Estado en materia de cultura. En 1984, la UNESCO inscribió a la Alhambra y el Generalife en la Lista de Patrimonio Mundial.
La arquitectura
El palacio musulmán está formado por la Alcazaba (recinto más antiguo), el Palacio de Comares (donde vivía el sultán), la Sala de la Barca, de Dos Hermanas, de los Reyes, de Abencerrajes, el Salón de Embajadores, la Torre de Comares (sus paredes están decoradas con versos árabes), el Palacio de los Leones y el Generalife. Los arcos de herradura son lo que más destaca.
En el arte musulmán las representaciones humanas y animales estaban prohibidas, por lo que no había lugar para la escultura ni la pintura. En su lugar se utilizaba la decoración vegetal, geométrica y la escritura árabe. El arte hispanoárabe –de los musulmanes de Al-Ándalus– se refiere específicamente a la arquitectura. Sus edificios no son muy altos y están construidos con materiales poco resistentes. Se llama arte califal porque corresponde al siglo del Califato; la obra más importante es la mezquita de Córdoba.
Las construcciones de la Alhambra son testigos de la importancia del agua para la cultura árabe y su filosofía de vida: en los patios interiores existen fuentes circulares y, asimismo, canales que atraviesan las habitaciones. Los techos, por ejemplo el de la habitación del sultán, intentan ser representaciones del universo; están decorados con piedras preciosas sobre madera. Los de los baños tienen agujeros por donde salía el vapor. También se puede apreciar una imagen de la virgen sobre la Puerta de la Justicia –impuesta por los Reyes Católicos–, que testifica el cruce cultural por el que atravesó el palacio.
El libro
Entre 1829 y 1832, el escritor estadounidense Washington Irving fue secretario de la delegación americana en España, bajo las órdenes de Martin Van Buren. Viajó, entre otros lugares, a El Escorial, Sevilla y Granada, examinando los archivos que contenían documentación, sobre todo lo relativo al Nuevo Mundo. Tuvo el privilegio de vivir en la Alhambra donde escribió el libro de cuentos en 1829.
Después de recopilar las leyendas de los habitantes de la Alhambra y de investigar en los archivos de la biblioteca universitaria granadina, desarrolló esta novela fantástica. Algunos títulos son: La torre de Comares, La Familia de la Casa, La Alhambra a la luz de la luna, El Patio de los Leones y La Habitación del autor.
De García Lorca
GRANADA
Granada, calle de Elvira,
donde viven las manolas,
las que se van a la Alhambra,
las tres y las cuatro solas.
Una vestida de verde,
otra de malva, y la otra,
un corselete escocés
con cintas hasta la cola.
Las que van delante, garzas
la que va detrás, paloma,
abren por las alamedas
muselinas misteriosas.
¡Ay, qué oscura está la Alhambra!
¿Adónde irán las manolas
mientras sufren en la umbría
el surtidor y la rosa?
¿Qué galanes las esperan?
¿Bajo qué mirto reposan?
¿Qué manos roban perfumes
a sus dos flores redondas?
Nadie va con ellas, nadie;
dos garzas y una paloma.
Pero en el mundo hay galanes
que se tapan con las hojas.
La catedral ha dejado
bronces que la brisa toma;
El Genil duerme a sus bueyes
y el Dauro a sus mariposas.
La noche viene cargada
con sus colinas de sombra;
una enseña los zapatos
entre volantes de blonda;
la mayor abre sus ojos
y la menor los entorna.
¿Quién serán aquellas tres
de alto pecho y larga cola?
¿Por qué agitan los pañuelos?
¿Adónde irán a estas horas?
Granada, calle de Elvira,
donde viven las manolas,
las que se van a la Alhambra,
las tres y las cuatro solas.








