Jueves 18 de marzo. 10:45 a.m.
La edad de la mujer es casi imposible de determinar a simple vista. Podría tener entre sesenta y ochenta años fácilmente. Uno podría verla y decir que tiene, por ejemplo, 65. En un par de minutos parecería que tiene más de setenta años, y nunca habría la seguridad de estar en lo cierto. Ha sido anunciada como Anita López y lleva un gorro de lana que cubre su rostro hasta la altura de la nariz. Se sienta en una silla colocada en medio del escenario y le alcanzan una vieja guitarra que rasgará con una peinilla para acompañar su aguda voz cantando el pasillo Sangra corazón.
No tengo esperanza
de volver a encontrarte
porque es una locura el seguirte buscando…
Una hora antes, mi amiga Lucía y yo desayunábamos en la panadería que está en la esquina de enfrente del Hospital Psiquiátrico San Lázaro (“Patrimonio de la Psiquiatría en América” según su página web). Llegamos atravesando la 24 de mayo, entre obreros que ofrecen su trabajo y una prostituta vieja y obesa que esperaba un poco más arriba. Entramos a una especie de zaguán donde está la recepción. Le decimos al tipo de la ventanilla que venimos a ver la obra de los internos y él responde que no hay ninguna obra. Mi amiga le muestra un volante donde está anunciada la representación para las diez de la mañana y nos deja pasar. Intercambiamos nuestras cédulas por un carnet que dice “Hospital Psiquiátrico San Lázaro. Visitante”.
Nos recibe un interno vestido de policía. Le dicen “El comandante” y se ofrece enseguida a llevarnos adonde queramos. Primera escena memorable. Lucía pide ir al baño. El comandante nos guía a través de corredores hasta que damos con los baños. Ella va al de mujeres y en cuanto está entrando, un interno sale con los pantalones abajo a terminar de vestirse fuera.
Volvemos hasta el jardín principal del psiquiátrico. El comandante nos deja y en una suerte de chiste negro nos pide una cola. Le ofrezco mi botella de agua y la rechaza dejando en claro lo que quiere.
El San Lázaro es un lugar diferente ahora. Pude visitarlo cuatro años atrás y entonces era un edificio ruinoso y deprimente. Han remodelado todo. Paredes pintadas de verde y pisos nuevos que no chirrían al caminar. El edificio perteneció a los jesuitas y estaba en los extramuros de la ciudad porque funcionaba como recolección; es decir, como un edificio de retiro en el que la vida religiosa era mucho más estricta. Luego de la expulsión de la orden, en 1767, pasó a manos del gobierno y desde entonces ha funcionado como leprocomio y manicomio. Justamente la semana pasada el Hospital celebraba sus 225 años.
Del lado derecho del jardín hay una pequeña tarima. Frente a ella, dos filas de sillas para el público. Tomamos nuestros asientos y esperamos. Los demás internos empiezan a llegar. La mayoría son ancianas y ancianos seniles. Algunos llevan sacos grises con el nombre del Hospital. Se acomodan en sus puestos y contemplan el escenario vacío.

El programa empieza con un baile de bomba entre cinco parejas. Las mujeres parecen las únicas en disfrutarlo. Los hombres se mueven pesadamente y la expresión entre seria y confundida de sus rostros permanece inmutable.
En el intermedio, un par de estudiantes que hacen sus pasantías en el Hospital reparten pastel y cola a los internos. Nosotros también recibimos nuestra parte. A continuación, uno de los pasantes sube al escenario y toca un par de canciones. Está rodeado de algunos pacientes que alternan oraciones y pasajes de la Biblia. Parecen asumir la fe de una forma particular, como una extensión reblandecida de su propia locura. “El señor es mi pastor; nada me falta”.
Anuncian la obra. Se trata de El enfermo imaginario de Molière. La narradora aclara que es una adaptación libre. Segunda escena memorable. Béline, la avara esposa de Argan, que espera su muerte para heredar toda su fortuna, le dice: “Todo es psicológico, todo es psicológico. Todo está en tu cabeza”. El interno que hace de Argan corresponde perfectamente con el tipo del personaje: flaco y de semblante maltrecho. La obra dura unos quince minutos. La mayoría del público los mira atentamente y ocurre con ellos lo mismo que con los actores: la distancia con la ficción parece abolida. Mientras los unos miran fascinados, los otros parecen no tener necesidad de “actuar”, de representar algo. Están subidos en el escenario y repiten las líneas que han memorizado.
Veo a los internos sobre la tarima y siento lo mismo que sentía cuando de niño te obligaban a pararte frente a tus padres para que te vieran hacer un par de gracias en algún programa de la escuela. Nunca crecerán para construir la sensación de ridículo dentro de sí. Se han perdido en alguna galería del laberinto y ahora vagan fuera de la fila con sus cabezas libres en su propia locura. Han interrumpido su errar para salir en una obra que no necesitan entender. Los que vivimos del muro hacia afuera debemos calzarnos nuestro papel de cuerdos todos los días y ajustamos toda nuestra existencia en función de él. No hay ningún laberinto. Ya se sabe: la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta.
Salimos al zaguán. Nos devuelven nuestras cédulas y bajamos de vuelta por la 24 de mayo. Los trabajadores siguen allí; la prostituta, no.
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