Los colores de Miguel Betancourt

Fotografías de Anaís Madrid

Fotografías de Anaís Madrid

Miguel Betancourt (Quito, 1958). Nació en Cumbayá. Entre 1976 y 1977 asistió al Taller de Pintura de Milwaukee Art Center, Estados Unidos. Regresó a Quito a estudiar Pedagogía y Letras en la Universidad Católica hasta el 82. En 1988 recibió una beca del British Council para hacer un posgrado en arte en la Universidad de Londres. En 1992 se consolidó su presencia internacional, se destacó su participación en la XLV Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia; en 1993, año en el que también ganó el premio Pollock-Krasner. Entre el 2001 y el 2003 presentó una muestra itinerante por América Central. La obra de Miguel Betancourt está en numerosas publicaciones como: The Public Catalogue Foundation: University College London Art (Londres, 2005); Nuevos Cien Artistas, Mundo Diners (Quito, 2001);  200 años de pintura quiteña, Citymarket (Quito, 2007) y Betancourt, libro publicado por Paradiso Editores (Quito, 1996). En 2008 coordinó para Ecuador el proyecto Ojo Latino, la mirada de un continente (Milán 2008), y también apareció en  Americas Magazine de la OEA (Washington DC, junio, 2010) una crónica sobre su pintura.

 

Conocer el estudio de Miguel Betancourt es sumergirse en un universo de color donde cada rincón está decorado. Además de los pinceles, lienzos, libros y la computadora, se ven los afiches y fotos de sus múltiples exposiciones. Sobre su escritorio reposan libros de toda índole: la Real Academia de la Lengua, Guía turística de México, Frida y Diego de J.M. G Le Clézio, Diccionario de Velázquez, Obras Completas de Borges, entre otros. Y sobre otra mesa que queda al fondo del estudio, donde reposan las acuarelas, paletas, brochas y cientos de pinceles, hay un libro de Da Vinci. Una habitación clara desde donde se observa el jardín de la casa del pintor y las últimas construcciones de San Juan Alto de Cumbayá.

Desde niño Betancourt sabía que pintar era lo que quería: empezó haciendo trazos en el patio de su casa, con un clavo sobre la tierra, trabajó con carbones y asegura que descubrió que este procedimiento le trasmitía un gozo y una satisfacción personal.  Miguel recuerda con cariño la fase en la que trabajó con tablas viejas, tapias de barro o de tierra, en el patio. Actualmente está trabajando con texturas; utiliza una argamasa de ceniza volcánica del Reventador y la mezcla con arena; además de lograr relieves para sus cuadros, dice que funciona como un testimonio de las erupciones.

Estas cosas me remiten a la infancia: creo que todas estas cosas que uno hace en sus inicios es una vertiente perdurable.

EI: ¿Quién fue la primera persona que vio tu trabajo?

MB: Fue un padre salesiano que producía una fascinación especial en los estudiantes porque detectaba enfermedades con este método del anillo. Él vio mi trabajo y me preguntó cómo y cuándo lo hacia. Pero después hubo un concurso de pintura en una galería bohemia; entiendo que los organizadores de mi colegio pagaron para tener 3 ó 4 días de exhibición. Presenté una carita de mi hermano que hice en acuarela y gané el primer premio. En la noche de premiación me dieron una medalla de oro; estuve fascinado porque para mí eso era más que un premio. Yo tenía unos 16 años. Mi mejor amigo no estuvo allí y tuve que llevarlo después para que viese mi cuadro. Llegamos y mi cuadro no estaba, lo habían vendido en 300 sucres. No estaba a la venta y tampoco pensé que se vendería, pero me dieron una comisión y le invité a mi amigo a comer churrascos y tomar cervezas para celebrar. Me sentí  millonario. El cuadro se iba a Suiza y no tengo ni una foto de él.

Desde niño, Betancourt se fascinó con la naturaleza: su estudio está ubicado en un lugar, quizá, estratégico, rodeado de plantas y el canto de los pájaros. Su padre era agricultor y tenía un huerto donde Miguel admiraba las semillas y los cultivos. Este aprecio y respeto por la naturaleza ha sido un factor primordial para su trabajo:

“Me gusta todo lo que esté creciendo en el sentido más natural, más limpio. Me gusta la naturaleza en el estado más cuidadoso y respetuoso; me gusta ir a los bosques y mirar el color y la diversidad de flores que existe en nuestra zona. Me gusta tocar los troncos de los arboles; su textura también ha iluminado mi producción plástica. Las formas de las hojas han nutrido mi trabajo”.

Miguel cuida de su jardín y le  acopla con plantas y flores que ha encontrado en el camino o le han regalado sus amigos. Tiene líquenes, buganvillas, platanitos, mangos, etc. Desde hace 10 años vive aquí porque esta zona era un trozo de bosque y pensó que no iba a poblar tan rápido, sin embargo, ahora estoy rodeado de construcciones.

El pintor recuerda las primeras lecturas de la escuela y los libros llenos de cuentos clásicos. A los 13 años quiso ser poeta, pero cuando llegó a la adolescencia se preguntaba si ser literato o pintor. “Para esto tenía que estudiar. Terminé el colegio y fui a la Universidad Católica, quizá con la intención de convertirme en un escritor, pero  cuando llegué me di cuenta de que no era solamente literatura, sino era aplicada a la pedagogía. Fue muy importante el momento que empecé a conectar la literatura como el arte, con la pintura”. Miguel dice que ha logrado una amalgama con la poesía y la pictórica. Y aunque no es un realista, se sustenta de la realidad, sugerencia y atracción. En la juventud leyó a los escritores ecuatorianos Efraín Jara, Julio Pazos, Carrera Andrade, César Dávila Andrade y no olvida a Octavio Paz, César Vallejo, y a los cuentos Borges.

Estaba en cuarto curso cuando conoció fortuitamente al maestro Oswaldo Moreno, quien se convirtió en su mentor. Lo describe como un hombre muy formado, en el arte y en la literatura. Una persona de las que rara vez se encuentra. Para ese entonces, Miguel formó parte de una agrupación de pintores y cerca del lugar de reuniones, donde a veces se tomaban un trago y conversaban de arte, conoció a Moreno. “Él estaba encantado con Herman Hesse, se sentía el mismo lobo estepario. Era un artista con una visión crítica, dinámica, tenía planteamientos filosóficos interesantes”. Juntos visitaban el campo y pintaban con acuarela. Betancourt reconoce que para su formación artística esta experiencia fue muy buena, “No sólo en el campo manual sino también en el de las ideas”.

Betancourt ha recorrido vario países llevando su obra a muchas galerías y exposiciones, una de ellas fue la Bienal de Venecia en 1992. Por su cultura mediterránea, Italia es el país que más le apasiona: “Creo que los italianos llegaron a una resonancia y a una consonancia con el arte de manera fabulosa. He estado en pueblitos muy pequeños y he entrando a sus iglesias y me asombro de los tesoros  que aguardan allí.”

EI: ¿Cómo son los colores en Italia?

MB: Apastelados, colores que tienen que ver con la tierra y el mar. El contraste es realmente de ensueño. He estado en verano y en otoño; el otoño me encanta, es romántico y me deja sin palabras por esos colores blanquizcos y rojizos. Europa se torna muy artística durante esta estación.

Miguel dice que ha vendido lo suficiente como para vivir del arte. Franceses, ingleses, alemanes e italianos han comprado sus cuadros, pero sólo en Ecuador ha vendido una exposición completa. Pero su país le ha dado los colores más vividos: “A diferencia de Europa, América está llena de asombros, contrastes. La naturaleza es surtidora de color pero también están las telas prehispánicas; los ponchos con rayas turquesas y fucsias”. El color que nunca falta en su paleta es el azul porque es profundo, andino, intenso. “Podría ser la bandera de la región andina”, afirma.

Uno de los primeros pintores que conoció cuando tenía 13- 14 años fue el chileno-francés, Roberto Matta. Encontró el cuadro La Vida en una revista Vanidades que estaba sobre una mesa en una peluquería: “No era una pintura figurativa como la que se practicaba en el medio. Me impresionó tanto que la copié con acuarelas y tonalidades”. También recuerda a Aníbal Villacís: Miguel encontró un díptico, asoleado y tirado en la vía férrea, con un bello verso sobre la obra de Villacís. Decidió que tenía que ver sus obras y cuando las encontró en una exposición le parecieron sensuales y genuinas.

Así mismo Rembrandt, Van Gogh, Picasso “nos ha influenciado a todos”, Joan Miró y Matisse fueron de los primeros: “cuando llegué a Londres vi al Matisse fauvista, esa fiera, con colores inspirados en los trópicos”. Menciona también al cubano Wilfredo Lam y al mexicano Rufino Tamayo. Y del país a Tábara, Ramiro Jácome y Viteri.

La rutina de Miguel empieza con el canto de los pájaros, una taza de café y las primeras pinceladas; pinta a cualquier hora, pero la noche es un momento de mayor entrega por el silencio absoluto “ya no hay pájaros, teléfono ni perros. Ahí puedo pintar a mis anchas, ya sé que nadie viene. Pero si estoy organizando una exposición puedo pintar desde las 6 de la mañana”. Por las tardes combina sus pinceladas con la lectura: recién terminó el Sueño del Zelta de Vargas Llosa y ahora está leyendo Creadores de Paul Johnson.

EI: ¿Cómo es el mundo plástico de tu obra?

MB: En esencia está dado por elementos naturales, la vegetación. El árbol como un personaje; sus flores a veces pueden transfigurarse en pájaros o en máscaras. Me gusta que el punto de partida se extienda con la imaginación y provoque al espectador. También hay una conciencia del color, el alto contraste, la inspiración de esta realidad andina. Trato de que la obra sea una conjunción de dos instancias: que testimonie una parte caótica a través del color y contraste con la formalidad de la composición. Mi obra se ha movido entre el caos y el ordenamiento.

Como pintor tiene conciencia de lo que es el reciclaje, de la incentivación a la gente de la preservación de la naturaleza. Cuando habla de reciclaje se refiere a reutilizar la materia. “Siempre me he encontrado tablas viejas en basurales que para el ojo que no es de artista, se reducen a desechos, para mí pueden ser un soporte, un tesoro sobre el cual puedo intervenir. La idea del reciclaje me produce un gozo artístico, trato de decir a la gente no todo es basural. Recuerda que en México, frente a la Casa Azul, Museo Frida Kahlo en Coyoacán, encontró un cáñamo de café,  que también le sirvió como soporte para crear.

El leit motiv en su obra está relacionado con la naturaleza, el árbol, la germinación, el cielo; y es el artífice primordial en el momento de titular la obra: “Es una suerte de amalgamar la palabra con el color, con la forma del cuadro. No es una cuestión fácil pero es un convencionalismo que de alguna manera le puede ayudar al observador”. Los títulos guardan relación con esta gran temática en la que el pintor está sumergido. Miguel cree que la palabra debe sugerir color y forma: “El cuadro tiene un código y las letras otro”. Al pintor le encanta jugar con la palabra y tiene conciencia de que el título sólo es una aproximación que siempre tiene relación con pájaros, tallos, plantas, etc.

He visto obras en los museos de artistas extranjeros, alemanes por ejemplo, no hablo ni una palabra en alemán, pero el hecho de yo no entienda el título no es una limitación para tener un gozo.

A diferencia de pintores que deciden dejar a sus obras “Sin título” o llamarlas “Serie 1, 2…”, Betancourt siempre ha titulado sus lienzos porque también es una forma de mantener la obra ordenada y archivada. “Tal vez algunos títulos hayan salido disparatados, necesitas un talento literario. De hecho, en el mundo he visto que algunos títulos llegan a lugares comunes: La madre, Busto de mujer o Niño triste, son títulos muy generales”.

Los mundos pictóricos de Betancourt cuentas historias de bosques, de paisajes andinos, de casas con tejados coloridos y en palabras de Julio Pazos su pintura “es un modelo de empeño creativo. La manufactura de formas y colores se convierte en una gozosa recuperación del sentido visual; gozo que ayuda a sobrellevar la realidad, así como lo hizo algún remoto alfarero de Cumbayá, con la arcilla raigal extraída del monte Ilaló”.

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Sobre el autor

Anaís Madrid. Estudiante de Comunicación, PUCE. Editora de la sección Arte y Cultura.