Robo de la Mona Lisa, el más grande de todos los tiempos

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Foto: Proyecto Gutenberg

La Mona Lisa fue hurtada el 21 de agosto de 1911, en el robo de arte más grande de todos los tiempos. A pesar de que goza de semejante galardón, el hurto fue fruto del azar más que de la premeditación. Las motivaciones del robo son todavía incógnitas irresueltas.

Vincenzo Peruggia, el autor del atraco, fue un humilde inmigrante italiano de capacidades promedio e incluso inferiores: fue declarado “mentalmente deficiente” en el juicio por el robo de la Mona Lisa. No trazó un plan elaborado para emprender el asalto. Meses antes del atraco había realizado un marco protector para la obra que robaría más tarde, por lo que conocía las fortalezas y debilidades de seguridad del Salón Carré, donde se encontraba la Mona Lisa.

Un día antes del robo, el domingo 20 de agosto, Peruggia se escondió en un armario cercano al Salón Carré. El día siguiente, el museo estaba cerrado al público visitante. El asaltante salió de su escondite a primera hora de la mañana vistiendo una bata blanca para confundirse entre el personal de limpieza. Descolgó el retrato de la mujer de sonrisa enigmática y salió del museo caminando con la pintura bajo el brazo, así de simple. No requirió si quiera de un arma de fuego.

Pasaron 26 horas antes de que el Louvre reparase en que su cuadro más famoso había desaparecido. Cuando finalmente dio alarma pública del hurto, Francia y el mundo occidental estaban completamente incrédulos. “Esto sobrepasa la imaginación. Tal ocurrencia parece al principio tan enorme que uno se siente tentado a reír como si se tratara de una mala broma”, se lee en un artículo de Le Figaro.

Las autoridades francesas emprendieron una búsqueda exhaustiva. De la escena del crimen obtuvieron la huella digital del pulgar izquierdo de Peruggia, pero en la época se llevaba registro solamente de las huellas de la mano derecha. Elaboraron una lista de sospechosos que incluía a artistas de la talla de Picasso y a todo aquel que hubiese trabajado en el Louvre. Incluso el autor del robo fue entrevistado, pero salió exculpado. El escritor Guillaume Apollinaire fue el único acusado en Francia por el robo de la Gioconda, aunque fue liberado a los pocos días de su detención.

El mundo entero buscaba por cielo y tierra a la Mona Lisa y ella nunca se alejó más de 3 kilómetros del Louvre. Durante dos años a partir del robo, la obra más famosa de Da Vinci permaneció escondida en un baúl del apartamento de Peruggia. Hasta aquí, las motivaciones del robo son incomprensibles.

Seymour Ritte sostiene que Vincenzo cometió el robo en venganza por los malos tratos recibidos como inmigrante italiano, lo que había despertado su sentimiento patriótico. “Vincenzo Peruggia […] era muy pobre, apenas tenía para cubrir sus necesidades básicas. Odiaba Francia. Añoraba Italia. Amaba la pintura. Pensaba que todas las pinturas italianas, las piezas maestras italianas que están el Louvre, habían sido robadas por Napoleón y traídas a Francia, lo que le disgustaba terriblemente” dice Ritte.

Peruggia viajó a Florencia y se presentó ante Alfredo Geri, un comerciante de antigüedades, para devolver a Italia su legítimo patrimonio (aunque, según Geri, solicitó medio millón de liras por ello). El comerciante y el Director del Uffizi acudieron al cuarto de hotel donde estaba alojado el autor del crimen para ver a la Mona Lisa, confiados en que encontraría una imitación. Se llevaron una sorpresa: “Mientras estábamos parados, el hombre abrió un baúl lleno de pertenencias desechas. Después sacó un objeto envuelto en una tela roja y, para nuestro asombro, apareció la divina Gioconda, intacta y bien preservada”, dijo Geri. El 13 de diciembre de 1913, Vicenzio Peruggia fue apresado y la obra volvió a París en enero de 1915.

Increíblemente, la furia nacionalista con la que se presentó en el juicio logró convencer al tribunal y al pueblo italiano de su inocencia: “Peruggia se sumía en arrebatos de rabia en los que aseguraba que la belleza de La Gioconda le había cautivado y que su único pensamiento había sido rescatarla de Francia”, dice Seymour Reit. El sentimiento patriótico ganó el corazón de los italianos: “La opinión pública estaba completamente a su favor” (Reit). Cumplió condena durante 8 meses por haber robado una obra invaluable de arte.

Monica Bohm-Duchen sostiene en The Private Life of a Masterpiece que el verdadero mentalizador del robo fue el aristócrata argentino conocido como Marqués Eduardo de Valfierno. El inmigrante italiano debía robar la obra auténtica para que las seis copias realizadas por Yves Chauldron en complicidad con Valfierno sean vendidas como si fueran la original. “Con su fortuna consumada, Valfierno consideró de poca importancia el destino de la obra maestra de Leonardo”. Es así como el magnate sudamericano “Ordenó a Peruggia que la mantuviera escondida mientras él vendía las falsificaciones. Era un hombre que obedecía órdenes, así que la mantuvo bajo su cama” dice Robert Noa.

Esta teoría sería la más razonable si no fuera por su origen. Se supone que el mismo Valfierno contó esta historia al periodista Karl Decker en 1914, con la condición de que no la revelase hasta después de su muerte, que sucedió en 1932. ¿Es, entonces, un cuento de hadas?

Scotti opina que sí: “No suscribo esa teoría. Es una historia perfecta, pero probablemente no la verdadera” Ella opina que el robo fue parte de un plan de Alemania para desacreditar a Francia: “[el robo de la Mona Lisa] coincidió con el estallido de las tensiones entre Francia y Alemania que llevarían a la I Guerra Mundial. La desaparición de la Mona Lisa fue una distracción convenientemente cronometrada.”

¿Patriotismo, venganza, codicia o maquinaria de una herramienta mayor? Parece que tendremos que esperar a The Missing Piece, una película que promete explicar por qué Peruggia cometió el crimen. (Hay que ver el video directo desde youtube por restricciones de los realizadores)

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About the Author

Valeria Guerrero. Editora de la Sección Cine de El Imperdible