¿Ha visto qué espacio ocupan actualmente las carteleras de cine en la prensa? Están destinadas a un mínimo, casi olvidado recuadro dentro del periódico. En general, el espacio dedicado al séptimo arte en la prensa ecuatoriana es prácticamente nulo. No sólo eso; los cines existentes son contados con las manos: Cinemark, Multicines, Supercines, Ocho y Medio… No siempre fue así.
A finales de los años sesenta, los fotogramas de las películas y los anuncios de cartelera ocupaban mínimo dos páginas de periódico, y en días domingos, cuatro páginas. No sólo existían dos o tres cines, sino al alrededor de 24, de los cuales la mayoría estaban situados en el centro de Quito y sus alrededores.
Santiago Páez, escritor y docente de la PUCE, afirma que existían por lo menos tres circuitos de cine; cada uno traía distintos tipos de películas. Los cines Alhambra (San Blas), Rumiñahui (Plaza de Santo Domingo) y Quito pasaban películas en español, como las mexicanas de la Época de Oro. También se proyectaban algunas ecuatorianas.
Páez menciona que el Cine Bolívar, que era el más tradicional, y el resto de cines, como el Fénix, San Gabriel, entre otros, pasaban películas comerciales. La clase media prefería ir a estos cines, no frecuentaba el circuito de cine en español. Por supuesto, estos cines aparecían en la primera página de la cartelera.
“Las personas analfabetas, que en esa época eran más numerosas que ahora, y las personas de sectores populares preferían ir a estos cines, porque en el Fénix, el Universitario y otros se pasaban películas francesas, inglesas o norteamericanas con subtítulos” dice Páez.
El Universitario pasaba cine arte, cine de autor. Era el cine más grande. Estaba a cargo del departamento de cine de la Universidad Central. “Ahí vi las grandes películas, como las de Pasolini, Fellini, Antonioni, algunos ciclos norteamericanos y una serie de películas clásicas preciosas. Realmente fue una educación cinematográfica impresionante” agrega Páez. Aparecen en la tercera y cuarta página de anuncios, especialmente en la cuarta.

El Comercio, enero de 1968
“El Mariscal y el Hollywood eran los cines “pornográficos”, que en realidad proyectaban películas inocentísimas para lo que sería ahora, pero que en esa época eran consideradas como pornográficas. Recuerdo que de adulto fui a ver películas eróticas en esos cines que eran impresionantemente buenas, como Historia de O, pero que la Censura sólo permitía que pasen ahí. Bastaba que en la película aparezca una mujer con los senos desnudos para que le manden a esos cines.”
Se intercambiaba las películas entre los cines de un mismo circuito. “Mientras pasaban la primera película en el Fénix, en el Bolívar pasaban la segunda película del Fénix; se intercambiaban rollos. Por eso siempre había un intermedio de diez minutos en las películas” menciona Páez. Para ello había un encargado que se paseaba en bicicleta de un cine a otro para transportar los rollos.
“El cine era maravilloso, se entraba de día y se salía de noche y esa era una sensación muy extraña, porque todo el ritmo había cambiado sin que uno estuviera presente. Entonces del movimiento y de la luz del día se salía a la noche. Era muy distinto a lo de ahora, que está dentro de otras pautas de consumo. Ahora los cines están dentro de los centros comerciales, se vincula con otro proceso de consumo económico de bienes. La gente va al centro comercial y además va al cine.”
La Luneta, que era la localidad más cara, estaba abajo. La Galería estaba arriba. Los precios variaban entre 12 y 8 sucres para la Luneta, y entre 2 y 4 para la Galería. Estaba permitido fumar dentro de los cines. Había bares dentro de los cines. Se compraba dulces, galletas, canguiles, papas, pero no nachos, hot dogs y otro tipo de comida rápida. En cambio, algunas cosas no han cambiado: “Iba gente de todas las edades, incluso viejos. Las películas llegaban a Ecuador bien tarde, con un año de retraso como mínimo”.
También había cines en los pequeños poblados. En El Comercio había una sección en la que se publicaba información de la cartelera en diversas regiones de Ecuador, como Atuntaqui, Ibarra, Riobamba. El espectáculo era muy distinto. “En San Lorenzo, Esmeraldas, había una casa de caña de dos pisos en la que se pasaban las películas. Allí la Luneta, la parte más cara, era la de arriba, porque en la parte de abajo había pulgas y se cruzaban las gallinas” afirma Santiago Páez.
El cine ocupaba un espacio importante en los periódicos. En El Comercio, en 1968 existían secciones como Correos del Espectáculo, entre otros, que se difundían noticias de farándula de Hollywood al detalle. Además se dedicaba un espacio a la crítica cinematográfica. Estos artículos tenían una tendencia moral en buena parte de los casos. Este espacio dedicado al cine cayó de enero a agosto de 1968.
A partir de los mediados de los años 70, cuando la televisión empieza a tener más impacto, las recaudaciones de los cines decayeron, por lo que muchos cerraron. “El cine como yo lo recordaba dejó de tener funcionalidad, porque la gente se quedaba en la casa viendo la televisión. Durante un largo tiempo casi no hubo cines, los cines se comenzaron a desgastar, ya no les daban mantenimiento, las alfombras estaban rotas, los asientos estaban horribles. Entonces vinieron los otros cines, como se acostumbra ahora” dice Páez.









De ley que ahora el espacio otorgado al cine es mínimo; salvo estrenos comerciales, de media o plana completa, uno casi no se da cuenta del cine. Y eso que están cerca de las tiras cómicas de Ocio.
Qué agradable eso de entrar al cine en la mañana y salir en la noche…
e irse de farra con esa sensación de extrañeza: “el ritmo cambiado sin que uno estuviera presente”. Envidio esa experiencia al querido profesor Páez.
En los ochenta había el “cine continuo”: pasaban dos películas, una tras otra, sin parar. En cuanto terminaba la segunda, empezaba la primera otra vez. Uno no programaba la hora de ir al cine y empezaba a ver un filme, a veces, por la mitad. Y uno se iba del cine cuando llegaba al punto en el que empezó: se veía el final primero y el principio, después.
Otros cines tradicionales de la época eran el América –con muchas películas de karatecas–, el Benalcázar, el San Gabriel y el Veinticuatro de Mayo –con películas comerciales hollywoodenses– y el Politécnico –con cine arte–.
Y finalmente, hay que mencionar los clásicos carameleros de cine, ubicados en las puertas, único sitio en el que se podían conseguir los chocolates Bios, los Osito y los Manicho –algunos reeditados recientemente por los fabricantes y otros insertos en una lógica de mercado más contemporánea de supermercados y otros puntos de venta–.