“El placer de sentirme poderoso”, la vida criminal de Archibaldo de la Cruz

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Hablar de Buñuel –y de un puñado de artistas– no pasa de moda pese a que la tecnología nos deleita con nuevas y entretenidas formas de mirar el cine.

Hoy, quien disfruta del cine clásico, no necesariamente es un ser reacio a maravillarse con una buena película en 3D. En ambos casos, el éxito depende de la combinación de elementos narrativos, técnicos y dramáticos.

Ensayo de un crimen (1955) mediante el personaje Archibaldo, muestra el peligro de soñar y sus consecuencias. Un niño caprichoso y mimado desea que su institutriz muera, y eso ocurre inmediatamente. A esa muerte le siguen otras, todas deseadas por Archivaldo, lo cual alimenta su ego criminal. Luego de “asesinar” a su última víctima, acude a la comisaría a entregarse. Siguiendo su modus operandi, Archibaldo saca una navaja, dispuesto a matar a su enfermera (para recortar distancias con el cielo), quien escapa, corre por el pasillo y muere al abrir la puerta de un ascensor descompuesto, y cae al vacío.

La historia se basa en la novela de Rodolfo Usigli, y su expresión narrativa es la analepsis (flashback).  Ensimismado, medio torpe y afeminado desde niño, Archivaldo presenta un cuadro psicológico atractivo: fetichista, porque disfruta vestir  las ropas y calzado de su madre, y obsesivo, al escuchar la melodía irresistible de una cajita musical. (Con cajita en mano, desea la muerte de su institutriz cuando echa un vistazo a la ventana).

La película abarca varios intereses de Buñuel: religión, pecado, condena, penitencia, absolución y sentimiento de culpa (conciencia). Este sentimiento de culpa, presente en la madurez de Archibaldo, puede ser anticipado al prestar atención a su apellido: de la Cruz.

El filme invita, al escuchar la conversación entre el juez y Archibaldo, a reflexionar sobre lo que sería para un rico y para un pobre cargar la cruz de ser un criminal. Pero Archibaldo ni siquiera es un asesino de verdad, sino un burgués que juega a serlo. Al final de su confesión, cuando su fugaz esposa es asesinada, comenta: una intervención extraña hizo que no pudiera llevar a cabo mis propósitos. (Es decir, matarla con sus propias manos). El juez es firme y cordial en su decisión: no se puede sentenciar a alguien sólo por desear la muerte a otra persona.

La historia acaba de buena manera para Archibaldo, junto a una mujer que no deseó matar. ¿No deseó? En realidad la asesinó simbólicamente: no quemó a la mujer, sino a un maniquí idéntico a ella. Quizás por el fuego purificador, es que se cruza con ella por azar al final.

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Sebastián Galarza Editor de Observatorio de medios