La magia de París, la nostalgia y el juego de realidades envuelven el más reciente filme de Woody Allen. Con una larga introducción Allen nos presenta a la bella y siempre hechizante París, ciudad de las bellas artes y del amor. La música junto con la escenografía crean un ambiente romántico, perfecto para el escritor bohemio. Caminar por las calles empedradas de la metrópoli llena la mente de inspiración y de paz. Todo se vuelve más mágico a medianoche.
El director y guionista neoyorquino nos lleva de viaje por las mágicas calles de París. Nuestro guía es un escritor de guiones de Hollywood, Gil Pender (Owen Wilson), quien añora la vida bohemia de los años 20 parisinos. Su sueño se hace “realidad” a las doce campanadas del reloj, cuando es recogido por un antiguo coche. Gil visita algunos bares y galerías en las que toma tragos junto con Hemingway, Scott y Zelda Fitzgerald y recibe consejos de Salvador Dalí (Adrien Brody), Manray y Buñuel. Al mismo tiempo, se deja cautivar por la bella Adrianna (Marrion Cotillard).
La naturalidad con la que se juega con los espacios temporales hace que se desvanezca, a ratos, la línea que separa lo imaginado de lo real. El presente es a la realidad, a lo que el pasado es a la ficción. Lo fantástico entra en acción sin que el espectador siquiera lo note, hecho que hace verosímil todos los acontecimientos que se dan a medianoche. Además todo lo que sucede en la otra realidad tiene continuidad, no hay escenas sueltas que puedan confundir al público. La actuación de Owen Wilson, más el guión de Allen armonizan los suaves cambios del presente al pasado.
Con la película Allen hace lo que en la literatura logró Julio Cortázar. Recordemos cuentos como “La noche boca arriba” en la que el sueño de un motociclista se convierte en la realidad de un indígena condenado a muerte. Aquí el plano de lo onírico trasciende al plano de lo consciente. A diferencia del filme, aquí el lector puede llegar a desconcertarse con este juego de realidades, pues no llega a determinar a ciencia cierta qué es lo real. En varios sentidos recuerda al Allen de La rosa púrpura de El Cairo, con realidades que se mezclan en el mundo de lo inverosímil que se vuelve verdadero.
Por otro lado, Medianoche en París recuerda al Woody Allen de Manhattan, comedia romántica del cine clásico en la que el propio Allen le da vida a un escritor que también siente hastío por su trabajo. Aquí se rompen relaciones y comienzan otras, como sucede en Medianoche en París.
Recuerda también a un Woody Allen nostálgico y romántico que sueña con volver a las épocas doradas. El director se desdobla en el personaje de Gil Pender, quien, harto de lo banal de su trabajo, desea codearse con escritores de la generación perdida como Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston) y con surrealistas españoles como Luis Buñuel y Dalí. Es tan atrevido este personaje que le pide a Gertrude Stein, (Kathy Bates) poeta estadounidense, que critique su obra. Además es absorbido por la belleza encantadora de Adrianna, joven francesa que ha tenido amoríos con grandes del arte como Picasso. Gil se siente como uno más de los bohemios artistas, con quienes llega a compartir ideas y se deja llenar por sus experiencias.
El guión, las actuaciones, las escenografías y la calidez de la dirección del neoyorquino componen una armónica, dulce y nostálgica obra cinematográfica. En cada cuadro se puede notar la esencia del director, quien, ha pesar de los años, no deja de hacer magia con sus filmes. Un comedia de una finura innegable.
Un hombre y sus ciudades
La desquiciada vida urbana, los parques, las calles, los lugares icónicos, su arte y su historia; sin duda, las ciudades son personajes vivos en las cintas de Allen. Ya habíamos mencionado a Manhattan, y precisamente es la “Gran Manzana” la mayor protagonista de su filmografía. Ver una película de este director es ver la ciudad en que vive, ya sea una Nueva York de los años 30, como en Días de Radio o la moderna metrópolis (para la época) de Annie Hall - donde no puede evitar la descarada comparación con Los Ángeles – la esencia de esta isla se plasma en cada fotograma.
En los últimos años, Allen parece haber dejado atrás su querida ciudad natal para adentrarse en el mundo europeo. Inició con Match Point en 2005, donde presentó a Londres un tanto sórdida y fría, pero con una belleza y modernidad incomparables. Podría decirse que Vicky Cristina Barcelona es un tributo a la cultura catalana (aunque no profundiza demasiado en ella), pero es más bien un pretexto para presentar un “culebrón” romántico con un escenario espectacular. Sin embargo, este recorrido llega a su momento más alto con Medianoche en París, donde la ciudad se convierte en el tema central. “Al lado de esta ciudad, todo lo que los humanos hacemos se queda corto”, dice Gil en la cinta, y es cierto. La belleza de una metrópolis cosmopolita como París es incomparable. La historia, las vidas que han dejado sus recuerdos en ella son el mayor testimonio de nuestra existencia.




