La Ciénaga es uno de esos filmes que si te toma despistado te sume en un estado de perturbación temporal, de esos filmes que después de verlos una termina con expresión de “¿qué pasó aquí?”. Éste, el primer filme de Lucrecia Martel, fue estrenado en el 2000 e invita al espectador a tener una especial atención con respecto a lo que se no ve. Pues, sí, a lo que no se ve. El filme, que se desarrolla en un febrero muy caluroso al nordeste de Argentina, muestra un hilo narrativo no muy claro, un ir y venir de personajes y situaciones que por momentos desorientarán el relato; en otras palabras: si se tiene algo que hacer es preferible posponerlo, para no perder la concentración de una película que exige del espectador más que simple atención.

Lucía Martel, directora y guionista del filme argentino-español, nos cuenta esta historia utilizando la cámara como narrador difuso que, al mismo tiempo, es parte de las dos familias que se presentan en la película. De ahí la importancia del excelente trabajo fotográfico de Hugo Colace. Esta cámara va por la historia cazando momentos con aparente poca importancia, pero que son las únicas pistas para entender lo que pasa en cada una de las elipsis. Esta falta de grandes acontecimientos hace que La Ciénaga sea difícil de ver, pues la atención se dispersa en escenas lentas, actuación impávida y secuencias donde “no pasa casi nada”.
Sin embargo, el guión, que recibió premio al mejor guión en Sundance, necesita de la participación activa del receptor para que la narración funcione. No obstante, hay quienes, como el crítico Mateo Sánchez Cardiel, han despreciado la película por considerar que La Ciénaga no tiene guión. Del otro lado de la crítica hay, como Leonardo Martinelli, quien nota la habilidad de Martel para contar una historia sin nudos narrativos claros.
La película nos cuenta lo que pasa en el mes de febrero: carnavales, fiestas y, algo curioso, la aparición de la Virgen en el tejado de una casa de la región; lo que aporta a la construcción de un sistema decadente de la familia argentina de clase media.
Contamos con la encantadora participación de Mercedes Morán (Tali), una madre apegada a su familia y al cuidado de sus cuatro niños pequeños, y de una admirable Graciela Borges (Mecha), quien encarna a una madre alcohólica de clase media alta, igualmente con cuatro hijos mayores. Estas dos protagonistas y sus familias muestran una contraposición en el plano narrativo: la una es una madre pobre pero ejemplar dentro del margen de lo común, mientras que la otra es impaciente, despreocupada del cuidado de sus hijos, es el tipo de mamá que da miedo y habita en una hacienda (Las Mandrágoras) en las afueras de la ciudad. A pesar de estas características, las dos llevan una buena relación de amistad y no llegan a confrontarse entre sí.
Además de las protagonistas no se puede dejar pasar la atmósfera del filme. Es algo que llena de intriga pues se observan tonos grises y verdosos, como si se estuviera tejiendo alguna situación macabra o trágica; una muestra de ello es la piscina de agua putrefacta, donde los personajes pasan buena parte de la narración. Sin olvidar el permanente sonido de hielos chocando en un vaso de vidrio que siempre estará lleno de vino. Los personajes también colaboran, pues no se deja ver con claridad sus intenciones ni sus pensamientos, los podemos juzgar únicamente a través de sus acciones, acaso de las acciones que no vemos pero intuimos.
Entonces ¿Por qué ver la película? Por la calidad actoral del elenco argentino, por la trama intrigante de ver a dos clases sociales distantes entrelazadas por un vinculo de amistad, por la particular propuesta del guión ( la supresión de acontecimientos, pensamientos y sentimientos de los personajes), por la curiosa dirección de Lucrecia Martel y, principalmente, por el desconcertante final que deja al espectador absorto y con ganas de saber más.
Aquí pueden ver un cortometraje de Lucrecia Martel, El rey muerto, 1995. Para ver más de su trabajo, aquí.
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