Víctor Arregui: El guarandeño que triunfa en la ciudad

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Más o menos hace dos semanas contacté a Víctor para hacer una entrevista de tema, quería que me hablara de su nuevo proyecto cinematográfico. La conversación fue corta, pero fructífera. Dos semanas después, tras cometer un error fatal de novata con la grabadora, tuve que volver a contactarlo para buscar la información que había perdido. Se me ocurrió que tal vez, para  arreglar mi tremenda metida de pata, podía entrevistarlo como personaje. Así que pasé la vergüenza  y lo llamé de nuevo, le di las explicaciones correspondientes sobre el por qué de otra entrevista en tan poco tiempo. El, muy amable, me dio otra cita.

Víctor es un hombre sencillo, gracioso, descomplicado e informal, despistado y relajado. La primera vez que hablamos, me preguntó sobre qué íbamos a conversar ¿Quieres hacer una entrevista sobre un guarandeño que triunfa en la ciudad? Yo me reí.

Foto de: Paulina Simon

¿Eres Guarandeño?

Sí, nací en Guaranda hace 46 años.

¿Cuántos hermanos son?

Yo vengo de una familia grandota, tengo siete hermanos, yo soy el menor de todos, el mimado.

¿Tú eres el chiquito?

Sí, el chiquito de todos mis hermanos. Tengo ese problema de generación, mis papás eran como mis abuelos, mis hermanos como mis tíos y como mis papás también. Crecí con mis sobrinos.

Yo era un niño enfermizo. Tenía fiebre reumática, a los seis años me clavé una aguja hipodérmica en el ojo y se me reventó el cristalino, pasé mucho tiempo en el hospital, me operaron cuatro veces. Siempre fui  un niño delicadito de salud.

¿Cómo fue tu etapa escolar?

Yo hice la escuela en Guaranda. De la escuela tengo los mejores recuerdos. También era mimado, me tenían “amarcado” y a veces iba a hacer la siesta en los recreos. Entonces no aprendía nada, pero  me encantaba.

¿Te gustaba alguna materia en especial?

Me gustaba la escuela en general, era una escuela fiscal. Yo vengo de una familia completamente laica, mi padre era secretario del partido socialista de Bolívar. Él era ¨todo¨ en Guaranda: alcalde, prefecto, presidente de la casa de la cultura, presidente de los periodistas.

¿Era periodista?

También. Escribía editoriales para ciertos periódicos y tenía el suyo propio, lo publicaba semanalmente. Me acuerdo que se peleaba con la Iglesia por medio de su periódico y la Iglesia le respondía en los sermones del domingo.

Víctor se declara como un hombre completamente laico, ¨lo más laico que puedes encontrar, tienes aquí en frente tuyo¨

¿Tu mamá también era laica?

No, mi mamá sí creía en Dios, pero tampoco era curuchupa. No era de las señoras que van a rezar a todo momento, para nada.

¿A qué edad saliste de Guaranda?

Vine a Quito para segundo curso, como de trece o catorce años. Pasé de ser  un niño mimado de provincia, a no entender nada. Me demoré como cinco años en comprender algo. Del colegio tengo los peores recuerdos.

¿De la secundaria?

Sí, de la secundaria. Por eso cuando dicen ¨qué lindo  pasé  en el colegio¨ yo dejo de confiar en esa persona. ¿Qué puede ser bonito de la secundaria? Una educación castrante, poco libre.

¿En qué colegio estudiaste?

Primero vine a la Academia del Valle, luego al Benalcázar, pero no aguanté. Estuve como un año en cada colegio, me gradué en el Nacional Eloy Alfaro.

¿En la Academia Militar Eloy Alfaro?

No, no, en el Nacional. El otro día me encontré con un compañero que pasaba por la misma situación que yo, no aguantaba ni un año en cada colegio, éramos unas bestias. Es chistoso porque ese amigo es el ex canciller, Fander Falconí,.

¿Nunca te adaptaste al colegio?

No, para nada, nunca me gustó era una educación llena de reglas castrantes, te obligaban a cortarte el pelo, cero reflexión. Es por eso, que ¨Fuera de juego¨ inicia con un gran dictado a un adolescente, él se aburre, bota el esfero y se va.  Eso me pasaba todos los años, botaba el esfero y decía ¨me voy¨

¿Tus padres eran estrictos?

No, era como tener abuelitos. Mi mamá tenía 61 años cuando yo tenía 14. Los abuelitos te sobreprotegen, pero no están presentes todo el tiempo.  Es como un abandono. A los 14 años tenía llaves de mi casa y salía las veces que me daba la gana, iba a fiestas y era el que siempre tenía permiso. Descubrí que había que tener amigos.

¿Al Juan Martín Cueva (íntimo amigo de Víctor y  cineasta ecuatoriano) le conociste en esa época?

No, al Juan Martín le conocí después, como a los 17. Trabajamos juntos  más o menos desde los 18.

¿Cómo fueron  tus primeras  vinculaciones con el cine?

Cuando estaba en el colegio y tenía como 16 años me vinculé con la política. Milité en el Partido Comunista.  Dentro del partido trabajaba el Camilo Luzuriaga. Teníamos un grupo de cine, manejábamos la secretaría de prensa y propaganda. Tomábamos  fotos, hacíamos videos y participábamos en un cine foro. Veía cine todas las semanas. Se puede decir que el Camilo ha formado a algunas generaciones de cineastas.

¿Tú consideras que el Camilo es un clásico del cine ecuatoriano?

No sé si un clásico, pero sí tiene su onda, su estilo histórico. A mí me aburren un poco las películas históricas y, claro, cada uno va marcando su estilo.

¿Qué estudiaste luego del colegio?

Comunicación, en la Universidad Central, pero no terminé porque dije “para qué quiero ser comunicador si soy tímido y no me interesa hacer entrevistas, esto no es para mí”. Desde ahí empecé a vincularme con la fotografía. Hice mucha foto fija. Un tiempito corto, hice fotoperiodismo  en una revista que se llamaba ¨Punto de Vista¨, pero no entendía como era eso de pelearse a codazos con los otros fotógrafos. También en ¨Domingo¨, ahí empecé a hacer reportaje y documental. El fotoperiodismo me parece complicadísimo. Es un oficio que se aprende todos los días, no es que uno puede ir a tomar fotos de cualquier cosa.

Víctor Arregui (izqu.) con Juan Martín Cueva (der.)

¿Cuál fue la primera producción en la que participaste?

En varias, no me acuerdo de alguna en especial. Empecé de carga cables, viendo cómo se hacían películas. El Juan Martín y yo hacíamos cortos, él dirigía y yo hacía la pauta. Nos metíamos en cualquier proyecto de pasantes. Poco a poco le volví  un oficio. Un  largo tiempo trabajé en publicidad. Luego pusimos una productora junto con el Juan Martín, hacíamos videos y documentales para instituciones. Hace ocho años me dediqué a la coordinación general del Festival de Cine Cero Latitud y renuncié  hace dos meses.

¿Cómo fue trabajar en el festival?

Muy bonito, nunca he visto tanto cine. Queríamos darle una filosofía al festival. Poco a poco, vimos que nos interesaban los nuevos cineastas y las películas que no tenían posibilidad de ser exhibidas en una sala comercial. También, estaba la necesidad de crear nuevos públicos, ahora hay más espacio para películas latinoamericanas y todas las películas ecuatorianas se estrenan, algunas tienen acogida, otras, no, pero existe el espacio.

¿Por qué renunciaste?

Me cansé de la gestión de todos los años, de conseguir la plata y de todo lo que implica. Además, creo que es necesario que el festival tenga nuevas miradas, otra gente. Si no, te estancas.

¿Y tu vida personal? ¿Te casaste?

Yo era soltero, con muchos amigos. Me encantaba la fiesta, el trago y, un tiempo, las drogas. Me divertía mucho, trabajaba, pero  me encantaba la libertad. Hay que ser libre con responsabilidad, pero libre de pensar y de hacer lo que te gusta. Yo creía que la vida era así, luego ya me enamoré y me casé.

¿Era la primera vez que te enamorabas?

No, tenía una novia, de esos enamoramientos que hay en la vida que la pasas más mal que bien. Era de esas relaciones que vas y vienes y nunca terminas. Se suponía que era el amor de la vida, pero en realidad me caía mal una relación llena de miedos y temores.

¿Cómo conociste a tu esposa?

Yo era director de fotografía y trabajaba aquí. El Juan Martín se fue a Francia y me dijo que me fuera con él, me compró un pasaje. Me demoré como un año en decidir, hasta que un día me dieron visa y me fui. Ahí le conocí a la Cristina Carrión, mi esposa. Estudiaba antropología en Francia. Ella vino para acá y después de seis meses yo regresé y nos casamos. Tuvimos nuestro primer hijo a los dos años de casados, después de ver si mismo, mismo funcionábamos.  (Risas)

Ella es seis años menor a mí, súper lógica, media francesa, media brasilera. Con medalla de mejor egresada y todo.

¿Todo lo contrario a ti?

Claro, totalmente, súper diferentes. Los primeros años del matrimonio pasas intentando que la otra persona sea igual a ti, pero después entiendes que cada uno es lo que es y te respetas. Estuvimos separados un año, pero ahora somos compañeros, amigos, con mucho amor y respeto.

¿Tienes dos hijos?

Sí, el Manuel, que tiene 14,  y el Tomás, que tiene 12.

¿También les gusta el arte?

Sí, son músicos guitarreros, les gusta el cine, el reggae. El mayor creo que es más hippie, más parecido a mí, el menor es más lógico, como su mamá. El Manuel quiere irse a vivir en Jamaica. Yo le digo: tocará ahorrar para cuando regreses meterte en una clínica de rehabilitación. Él dice que no, que ahora es diferente.

¿Te da miedo de que se metan en drogas?

No puedo hacer nada. Estar ahí todo el tiempo y hacerles saber que tienen mi apoyo y que siempre van a contar conmigo.  El miedo es que sufran un accidente estando bajo el efecto de las drogas. Me llevo bien con ellos, hablamos, me cuentan cosas, supongo que no me cuentan todo, pero hay el espacio para hablar. Ellos son de los que dicen lo que piensan y lo que sienten y no tienen miedo. A veces, hay que bajarles un poco y hacerles saber que hay padres y  reglas.

¿Pensabas tener hijos?

No pensaba ni en casarme

¿Cómo fue la etapa en Francia?

Como soy callejero. Me gustaba sentarme en el metro a ver la gente, las calles, esa individualidad, esa frialdad, ese pesimismo francés, ese racismo. Me gusta leer, me iba a las bibliotecas, pasaba mucho tiempo leyendo. Había muchas opciones culturales. La cultura allá es un derecho, todo el mundo accede.

En nuestra primera conversación Víctor me contó que le gusta caminar y observar a las personas, mientras se imagina historias sobre sus vidas. Esas largas caminatas le permiten mirar e inventar  a personajes basados en lo que ve.

¿Cómo fue hacer “Fuera de Juego”?

Nació de la necesidad de contar. La memoria política del Ecuador es muy débil. Durante el gobierno de Mahuad sucedieron muchas cosas: el cierre de los bancos, cada lunes había una noticia, la ciudad cerrada. Había que contar eso.

¿Tu nuevo largometraje va en la línea de tus otras películas?

Sí, me gustan los temas sociales y políticos, que hagan reflexionar a la audiencia. Mostrar la intolerancia, el racismo.. Cómo somos.

¿Lo que no se cuenta?

No se cuenta nada. Ahora quiero entrar a trabajar en televisión. Creo que hay un prejuicio inmenso en torno a la televisión, los cineastas no quieren trabajar en televisión.

¿Un prejuicio un poco “intelectual”?

Sí, y es una pendejada. ¿Qué es intelectual? Yo veo que la televisión es lo que nos puede dar el oficio. Si la gente está en el día a día trabajando, actuando, produciendo, filmando, entonces la televisión subirá de nivel y el cine también. Tendremos escritores, actores, productores con oficio. Como en otros países de Latinoamérica y el mundo que tienen industria. Una película, en otro país que no tenga respaldo de la televisión, no se exhibe.

Creo que nosotros erróneamente hemos arrastrado esta idea de la primera generación de cineastas del Ecuador que creían en esa manera romántica de hacer cine. Heredamos el prejuicio, cuando trabajamos en la ley de cine protegimos al cine de la televisión.

¿Crees, entonces, que también deben haber películas comerciales?

Tienen que haber, esas películas son las que generan fondos para una industria. Además es un derecho contar lo que quieras. Tiene que haber de todo y apoyo para todos.

Cuando salen tus películas ¿tienes expectativas de que el público las acepte?

Yo, todavía, no trabajo pensando en los públicos, me imagino que eso te va condicionando poco a poco.

A veces pienso hacer terapia con mis películas, pero nadie las va a ver, entonces de qué me sirve.  Puede ser que me cure psicológicamente, pero  creo que deben tener reflexión y, al mismo tiempo, generar público.

¿La nueva película que estás haciendo (“El Facilitador”) tiene ese componente?

Sí, hay un poco más de intriga, un toque policial, pero también una reflexión profunda de lo que es la corrupción, la soledad, el amor. Tiene este toque de acción que puede atraer al público.

(Víctor mira para al frente como reflexionando)  Tal vez hace cinco años, yo no pensaba así. Creo que hay que hacer  tanto las películas de terapia, tremendas, como también las otras que entretienen al público.

¿El cine ecuatoriano produce públicos?

Todavía no, la Tania es la que produce públicos.  De las otras, ninguna se ha recuperado.

¿Cómo es vivir del cine?

Nada, pagar deudas, es algo que escoges, te trae problemas y deudas, por eso hay gente que desmaya en el camino, pero es un bichito que te pica y no puedes dejar de hacerlo.

Víctor crece y aprende cada vez que hace una película. Nuestra charla me dio la idea  de que no tiene miedo a explorar nuevos ámbitos y que sabe mantenerse con los pies sobre la tierra, sus logros son una grada más al largo recorrido que le queda en su carrera como director. Conserva esa humildad propia de la gente que viene de provincia, esa humildad del guarandeño que triunfa.

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About the Author

Ana Lía Borja. Redactora de El Imperdible