Fuerza, Gustavo

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A algunos nos ha sucedido que un día se nos acerca un familiar o amigo próximo y nos dice: “Se ha muerto Fulanito; Mengano tiene cáncer; o Tal y Cual está agonizando”. Y uno se encoge de hombros, pues el nombre del muerto o moribundo nada significa. ¿Quién será?, nos preguntamos. Resulta que se trata, por ejemplo, de un tío que alguna vez nos sacó a pasear, o de la madrina olvidada que nos llevó en brazos a la pila bautismal, o de la tía abuelita que cuando niños nos visitaba y traía caramelos que agradecíamos con besos en las mejillas.

“Ahh -decimos entonces-, qué pena, ojalá se mejore”. Pero la verdad es que cinco minutos después el moribundo vuelve a sernos tan anónimo, lejano e indefinible como antes de que nos enteráramos de su desgracia.

Es más extraño cuando el pariente efectivamente termina falleciendo y además nos hereda algo -como pasó entre el tío Jacinto y don Ramón-, aunque solo sean saludos cordiales o bendiciones, que recibimos entre avergonzados e indiferentes.

Pero también ocurre lo contrario. O sea que alguien, un ser humano que no conocemos personalmente, con el que no hemos intercambiado palabra alguna, o a lo sumo hemos visto muy de lejos y ni siquiera le estrecharemos jamás la mano, constituya una presencia permanente y entrañable en nuestra vida, y que, por tanto, resulte extremadamente triste prescindir de él.

Algo así me ocurre ahora con Gustavo Cerati. Me preguntaron el otro día qué me pasaba, por qué andaba tan pensativo, cuál era el motivo de mi preocupación. Y tuve que reconocer que lo de Cerati me tenía (y me tiene) bastante patidifuso.

Me acuerdo la primera vez que lo vi en la tele, en un programa especial que presentaron en Telecentro (de Guayaquil), en el año 1986. Mi papá encendió la TV y se puso a mirar. Yo tenía 12 años. Mi papá estuvo mirando un rato. Al final se aburrió y antes de irse preguntó retóricamente: “¿Y quiénes serán estos crestones?”.

Los crestones eran Soda Stereo, y el líder, el más inteligente, el más pilas, el duro del grupo, era Gustavo Cerati. En esa época, mi reciente adolescencia estaba ya tatuada por los luzbélicos sonidos de ACDC e Iron Maiden (cuyos logotipos los niños de la escuela nos dibujábamos en los brazos con esferos). Pero había que hacer lugar para Soda Stereo, y en especial para Cerati, y cada vez que lo escuchaba me caía mejor, me parecía mejor músico, más inspirado, más tipazo.

Nada de eso ha cambiado, salvo que ahora, cuando este hombre está entre la vida y la muerte, siento una pena profunda y me da mucha tristeza pensar en la posibilidad de que quizá no vuelva a cantar, de que tal vez jamás lo veamos volver.

Como si fuera un familiar o un amigo cercano, de aquellos que realmente aprendemos a conocer, apreciar y querer, si algo le pasa a Cerati creo que me afectará de forma personal. No como a un fan o seguidor, porque la admiración con el tiempo se vuelve una especie de costumbre, de capricho, de lugar común personal.

Mientras tanto, por ahora prefiero no escuchar su música, sino recordarla. Y resulta chévere pensar que es el propio Cerati el que, paradójicamente, en momentos así, parece ser el que más sabe de estas cosas:

“Separarse de la especie
por algo superior
no es soberbia, es amor
no es soberbia, es amor”

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About the Author

Mtr. Carlos Aulestia Páez. Subdirector general y co-fundador de El Imperdible. Docente de la Escuela de Comunicación de la PUCE.