Siempre será una tarea exigente, tal vez infructuosa debido a la necesidad de revisar y sopesar distintas sensaciones poderosas de varias épocas y también debido a que aún no hemos muerto (tal vez mañana, pero no hoy), determinar cuál fue nuestro viaje favorito y qué ciudad nos deslumbró como la luz divina, quién fue la persona más especial de nuestra vida, qué cuadro nos transportó a sus colores y sus formas, y por supuesto, qué libro nos entregó los momentos más intensos y profundos y consiguió que el mundo a nuestro alrededor nos importase un bledo. Creo que para que una ciudad, un viaje, una persona, un cuadro o algún libro, sea nuestro favorito, debe ser parte de una de las siguientes circunstancias indispensables. Digo una, porque como se comprobará enseguida, ambas circunstancias no son exactamente complementarias.
La primera, y tal vez la más común, es algo parecido a una farsa discreta, a una ilusión. No tanto para la persona que cree firmemente en dicha farsa, sino para el resto de gente que descubre el mecanismo de la ilusión. Una ciudad o un viaje o una persona puede ser nuestro favorito porque apareció (destino o azar) en un momento específico de nuestra vida: durante una depresión profunda, después de la pérdida de un ser querido, justo cuando el camino se cerraba frente a nuestros ojos y buscábamos un nuevo comienzo con premura, y entonces, como un relámpago inesperado, ésa ciudad, ése viaje o ésa persona, salió a nuestro encuentro y nos brindó sus favores en un momento de nuestra vida en el que los sentidos estaban más receptivos y nuestro espíritu más dispuesto. Seguramente el brillo de esa ciudad, de ese viaje o de esa persona se va apagando porque sus bondades no se adaptan al paso del tiempo: brillaron como una estrella en su edad adulta, y como una estrella, se fueron apagando. Fueron brillo momentáneo que permanece muerto en la memoria.
La segunda circunstancia es menos común. La ilusión es reemplazada por una sinceridad única, incomprensible para el resto de personas, porque, como es harto conocido y promulgado en estos tiempos, cada persona es un universo distinto. Los momentos de la vida no interesan; no interesa si nuestro contacto con el cuadro o el libro favorito fue hace años, hace meses o hace algunos días, porque su brillo sigue intacto (incluso aumenta con el paso del tiempo) y el cuadro nos absorbe de la misma manera cada vez que lo contemplamos, nuestros ojos vibran con sus colores, la luz y la sombra llaman al espíritu profundo que nos habita y nuestra existencia se detiene para concentrarse en la mirada que reúne a los sentidos y los transporta a cada forma, a cada color, siempre con idéntico gozo profundo, con la misma emoción que nos hace respirar azorados.
Esta segunda circunstancia es algo más: es nuestro contacto con la perfección. Cada página de nuestro libro favorito brilla con un estilo superior, con una construcción divina y perfecta. Las frases se suceden como una marea mansa que refresca el rostro y el espíritu. En nuestro libro favorito no hay una sola frase que titubee, no hay un solo momento en el que la emoción decaiga, no hay una frase excepcional, ni un capítulo excepcional, ni un poema excepcional, porque cada frase es una visita al paraíso, cada verso es un contacto con la luz divina. Nuestro libro favorito es, simple y llanamente, perfecto. Es por eso que es fácil, y a la vez poco frecuente, que una persona nos revele cuál es el suyo. Porque la perfección es rara. Pero me refiero a esa perfección (la única que existe en realidad) que no es inmutable. Que, como un ser vivo, se desarrolla y se adapta y es susceptible a pulsiones repentinas; que, en lugar de envejecer o perder brillo, gana luminosidad y virtudes, y crece como una estrella gigante que no muere y cuya luz supera con creces a la de cualquier supernova.
Joseph Conrad concluyó el libro The Mirror of the Sea en 1906, y lo escribió como un respiro a la laboriosa escritura de su novela Nostromo, y antes de El Agente Secreto. Este volumen ha sido alabado por escritores como Rudyard Kipling, H. G. Wells y Henry James. En 1981, la editorial Hiperión publicó la primera versión de El Espejo del Mar. La traducción estuvo a cargo de Javier Marías. Esta edición incluía un cariñoso prólogo de Juan Benet y tenía las tapas blancas, y en la portada, la imagen de un navío en el crepúsculo. En 2004, ya posesionado como Rey de Redonda y después de haber establecido la editorial del mismo nombre, Javier Marías publica una nueva versión de El Espejo del Mar, en una edición exquisita, con el prólogo de Benet, con una presentación y una nota del traductor, con un apéndice de fotografías de Conrad y de algunos navíos en los que sirvió o estuvo a cargo, con unas páginas brillantes y blancas, con unas pastas de un color que atrapa la mirada, con tapas duras, con las medidas perfectas para reposar en un estante cercano a la cama y ser tomado cada vez que el espíritu lo requiera.
El Espejo del Mar está formado, como reza el subtítulo del libro, por recuerdos e impresiones de la relación que tuvo Conrad con el mar. En sus propias palabras: “He intentado aquí poner al descubierto, con la falta de reserva de una confesión de última hora, los términos de mi relación con el mar, que habiéndose iniciado misteriosamente, como cualquiera de las grandes pasiones que los dioses inescrutables envían a los mortales, se mantuvo irracional e invencible, sobreviviendo a la prueba de la desilusión, desafiando al desencanto que acecha diariamente a una vida agotadora; se mantuvo preñada de las delicias del amor y de la angustia del amor, afrontándolas con lúcido júbilo, sin amargura y sin quejas, desde el primer hasta el último momento (…) Este libro escrito con absoluta sinceridad no oculta nada… a no ser la mera presencia corpórea del escritor. En estas páginas hago una confesión completa, no de mis pecados, sino de mis emociones. Es el mejor homenaje que mi piedad puede rendir a los configuradores últimos de mi carácter, de mis convicciones, y en cierto sentido de mi destino: al mar imperecedero, a los barcos que ya no existen y a los hombres sencillos cuyo tiempo ya ha pasado.”
Como dice Juan Benet en el prólogo: “en El espejo del mar no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa, nadie viene de fuera con voz propia.” Cada frase hincha de gozo el pecho del lector. Los ojos no pueden creer que están recorriendo las frases perfectas de un libro perfecto. Si el libro no estuviese dividido en capítulos, y cada capítulo en algunos subcapítulos, no creo que una persona pudiese resistir el contacto con la perfección, con la construcción literaria suprema, con el vuelo de la auténtica poesía y la narración que fluye como río sosegado, con el amor profundo que ha sido plasmado a través de la música de las palabras. Y aquí el verdadero amor descrito por el propio Conrad: ”[...] el amor, aunque pueda admitirse que en cierto sentido es más fuerte que la muerte, no es en modo alguno, desde luego, tan universal ni tan seguro. De hecho, el amor es raro: el amor por los hombres, por las cosas, por las ideas, el amor por la más consumada pericia. Porque el amor es el mayor enemigo de la prisa; lleva la cuenta de los tiempos que pasan, de los hombres que mueren, de un bello arte que fue madurando lentamente con el curso de los años y que estaba destinado a morir también de un breve lapso y no volver ya a existir. El amor y el pesar van cogidos de la mano en este mundo de cambios más veloces que el desplazamiento de las nubes reflejadas en el espejo del mar”.
Conrad escribió los apartados de este libro poseído por el amor profundo, con la pasión -que crece y tiñe los momentos que privilegia la memoria- palpitando en su pecho. Para Juan Benet: “[El Espejo del Mar] es un libro que no tiene desperdicio y, más que eso, que, escrito sin prisa, provoca de manera indefectible esa clase de lectura mansa que sin ningún tipo de avidez por lo que procederá se recrea en la lenta progresión de una sentencia o de una imagen, tan armónica y rítmicamente trazada desde su inicio que su conclusión casi roza la catástrofe.”
Escribir sobre lo que se ama profundamente es algo complicado, exigente, y muchas veces, infructuoso y ridículo. Plasmar el amor en un libro, dictado también por la pasión, la memoria, la observación, el estilo y la sensibilidad, es algo imposible porque su resultado es perfecto. Conrad lo logró. La perfección tiene un nombre y es El Espejo del Mar, mi libro favorito.






