Faulkner, un homenaje

En 1997, la editorial Alfaguara publicó un pequeño volumen con el sugerente título de “Si yo amaneciera otra vez”. El hermoso título proviene, curiosamente, de un verso de uno de los novelistas más importantes del siglo XX, de un estilista insuperable: William Faulkner.

William Faulkner, fotografía de © Bettmann/CORBIS

Varios de los grandes escritores latinoamericanos, algunos anteriores al boom y otros miembros, declararon en alguna ocasión que habían leído a Faulkner y que lo consideraban un gran escritor. Vargas Llosa, hace pocos años, visitó Oxford, el pueblo donde vivió Faulkner y en el que escribió casi todas sus novelas. Quedó fascinado, conmovido por haber podido acercarse al territorio que sirvió de telón de fondo y personaje de muchas novelas del escritor estadounidense. Además, dijo haber leído “Luz de agosto” media docena de veces y tiene un interesante escrito sobre “Santuario”. García Márquez alabó en muchas ocasiones su obra, y su gran novela “Cien años de soledad”, la prosa musical y bella que cuenta la historia, es inconcebible sin la lectura previa de las novelas del escritor norteamericano. Rulfo también leyó a Faulkner. La perfección de los escritos del mexicano beben de la importancia que tuvo el territorio de la historia para el autor de “El ruido y la furia”, del poder de la naturaleza y la condena que sufren sus pobladores, del paisaje hermoso y desolador, de la tierra que guarda las pasiones humanas.

Pero muy pocos le profesaron una devoción tan conmovedora como Juan Carlos Onetti. El escritor uruguayo tiene más de un par de escritos dedicados a Faulkner, y son sencillamente hermosos: “En primer lugar, define a lo que entendemos como un artista: un hombre capaz de soportar que la gente -y para la definición- cuanto más próxima mejor, se vaya al infierno, siempre que el olor a carne quemada no le impida continuar realizando su obra. Y un hombre que, en el fondo, en la última profundidad, no dé importancia a su obra”.

España fue un país importante para la obra de Faulkner, y también Argentina. Juan Benet, el narrador más importante de la posguerra española y su discípulo manifiesto, construyó su mundo narrativo como un homenaje personal al escritor estadounidense. “Región”, ese territorio que cobra vida en novelas como “Volverás a Región”, “Saúl ante Samuel” o “Herrumbrosas lanzas” no habría sido posible sin la previa existencia del territorio de “Yoknapatawpha”. La prosa de largo aliento del escritor español, que parece enredarse y dar vueltas sobre sí misma, fue una apropiación frontal del estilo de Faulkner y su concepción de la novelística. La mayoría de sus traducciones provienen de España, y hace muy poco la editorial Alfaguara emprendió la reedición de muchas de las novelas que permanecían inencontrables o en ediciones muy viejas y poco manipulables.

En Argentina, la suerte de Faulkner fue sui generis. Borges fue el principal admirador de las novelas del estadounidense, pero a juicio de Javier Marías, tradujo muy mal algunos de sus escritos. En su libro “Textos cautivos”, Borges alaba novelas como “El ruido y la furia” o “Absalón, Absalón”, pero critica duramente a “Las palmeras salvajes”, que curiosamente tradujo y que escritores como Benet y algunos lectores de Faulkner, consideran una de las cumbres de su obra.

Javier Marías

El libro en cuestión, la pequeña joya que nos regala Javier Marías, es un cariñoso y vehemente homenaje a uno de los escritores preferidos por Marías y uno de los más influyentes en la narrativa latinoamericana. Está compuesto por 12 poemas que el escritor español tradujo para una revista y que no tuvieron ni pena ni gloria, algo común en España. Para este libro y con motivo del centenario del nacimiento del novelista estadounidense, se reunieron estas traducciones de una parte muy desconocida de la obra de Faulkner: su poesía.

En un principio, el autor de “El ruido y la furia” escribió dos libros de poesía y quiso ser poeta escribiendo versos inspirados en algunas vanguardias y en Mallarmé. Pero él mismo reconoció que era “un poeta fracasado. Un mal poeta de segunda fila” (algo cuestionable y admirablemente honesto) y se vio forzado a hacer poesía escribiendo novelas. Algo similar le ocurrió a Coetzee, que pasó de la poesía a la prosa, y que por otra parte, como el escritor irlandés John Banville (también Lobo Antunes) reconoció que la aspiración de la prosa es crear poesía. Así que Faulkner siempre fue un poeta, y fue uno de los escritores que supo y se esforzó por construir su prosa y sus novelas con un núcleo poético, y con el poder de la poesía sobrevolando sus grandes obras.

Además de los 12 poemas traducidos y de un hermoso texto de Manuel Rodríguez Rivero sobre su viaje a Mississippi y su evocación de “Yoknapatawpha”, Marías incluye dos textos en los que defiende con vehemencia la importancia de Faulkner, y cuestiona dura y elegantemente los prejuicios que tiñen la lectura de su obra. Arremete contra las feministas y su podredumbre, contra los críticos de su propio país que lo menosprecian, y también cuestiona la pereza de los lectores contemporáneos.

Pero lo más grave de todo es que personas que aspiran a ser escritores (tanto mujeres como hombres) obvian la lectura de Faulkner y lo critican con calificativos académicos típicos de las farsas que suponen las carreras de literatura, y lo juzgan “hermético”, “estilista complejo”, “denso”, “demasiado preocupado por la forma”, “machista”. Hay feministas que no recomiendan leerlo o lo rebajan porque el machismo es evidente en sus escritos. O activistas y sus discursos chimbos de igualdad racial y social, que lo critican por la crudeza del racismo que retratan sus novelas.

Esas personas que aspiran a ser escritores no comprenden que talleres, escuelas de escritura y carreras de literatura son puro negocio, o simplemente regocijo de fracasadas y presumidas personas que no pueden escribir nada y que, obviamente, tampoco pueden leer. Para escribir se necesita, como dice Faulkner, 99% de talento… 99% de disciplina… 99% de trabajo, y por supuesto, 100% de lectura de las obras de los grandes autores.

Los malos escritores son criminales que podían haberse ahorrado sus obras mediocres, pero no, las escribieron y las publicaron, y aumentaron la cantidad de libros del mundo porque curiosamente son ellos los que más publican. Y son culpables de que los lectores no vuelvan a los clásicos: al Quijote, a Melville, a Víctor Hugo. Y son también ellos los que inspiran a los jóvenes a preocuparse por la publicación urgente de sus escritos mediocres, de los que no hay asomo de inseguridad. Son ellos los que les infunden la aspiración a que los reconozcan como “intelectuales” y así pedir apoyo del Estado o de instituciones que en realidad no tienen ninguna obligación con los escritores, simplemente porque no hacen nada, sólo escriben y para ellos. Si escogen escribir, deben llevar la vida que les toque. Escribir es un riesgo asumido y nadie tiene obligación de ayudarles en nada porque escribir ni siquiera es un trabajo. Faulkner sabía todo esto.

Faulkner, en palabras de Onetti: “Estuvo toda su vida inmerso como nadie en la literatura, aún desde los años en que ni siquiera soñaba escribir […] nunca fue un intelectual, nunca se preocupó de la política de las letras. Obtenía en la noche y la soledad, sólo para sí mismo, sus triunfos y sus fracasos. Sabía que lo que llamamos éxito no pasa de una vanidad amañada: amigos críticos, editores, modas. Su amor […] por abandonarse a sí mismo, a su frecuente caos, a sus frases de cientos de palabras, reflejaba dos cosas de valor indudable y equivalente: respeto por la vida, por los seres que la pueblan y la hacen”.

Pero más allá de este precioso libro sobre Faulkner y de su innegable importancia, el verdadero homenaje a un escritor, como dice Marías, es leer sus textos. Y es agradable que Alfaguara se haya embarcado en la reedición de sus obras. Esperemos que también puedan llegar acá. Pero hasta entonces, hay que conformarse con las ediciones que hay, y gozar de la escritura de William Faulkner, un estadounidense, varón, blanco, anglosajón, nacido hace más de un centenar de años, que está en una de las cumbres de la literatura.

Un poema de William Faulkner:

Si hay dolor…

Si hay dolor, que sea sólo lluvia,
y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,
si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar
en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte
mientras en estas azules y soñolientas colinas de lo alto
tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,
esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.

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Sobre el autor

José Luis Astudillo. Estudiante de Comunicación de la PUCE.