Quito Fest, no; fútbol, sí

¿Seguridad? por César Morejón, Quito Fest 2007.

Hay cosas que no entiendo y, aunque lo intente, no me caben en la cabeza. Simplemente son absurdas. Que un hombre haya sobrevivido a un estallido nuclear metido en un refrigerador, por ejemplo. Que una hormiga pueda cargar diez veces su peso. Que el mundo haya sido creado en 7 días. Que un grupo de funcionarios públicos que deben mantener el orden, creen el caos y el pánico. Que quienes deben velar por la seguridad de la gente, la ataquen. Que, como pretexto del estado de excepción, se cancele un evento masivo como el Quito Fest, pero no el Campeonato Nacional de Fútbol.

Pero al poco tiempo me doy cuenta de que el mundo no siempre funciona desde la lógica. No desde la cartesiana, al menos, no la que manda la coherencia y la solidez de los argumentos, sino desde otras lógicas, como la del poder.

El Quito Fest es un festival de música independiente y alternativa. Desde aquí ya empezamos mal. Estas palabras significan ‘que no responde a intereses de poder’ (eso que tanto les falta a los periodistas) y ‘separado de la tendencia mayoritaria’ o, como se diría en inglés, el mainstream. Nuestro establishment son esos políticos disfrazados bajo una máscara “incluyente y pluralista” a quienes creemos, esperanzados, pero que, tarde o temprano, descubren sus verdaderos rostros, que resultan ser los mismos de siempre: los de un grupo de privilegiados que defienden las mismas estructuras podridas, a quienes solo les interesa el poder, el control y el progreso personal por encima del desarrollo del pueblo. A quienes no les conviene escuchar una voz que critique independientemente, sin hablar desde o para alguien, sino sólo a las propias convicciones.

Es un festival organizado desde y para los jóvenes. Los jóvenes, que siempre han sido olvidados por las políticas gubernamentales. Que más bien poco interesan a los gobiernos, porque “son el futuro” y nunca el presente. Peor aún los jóvenes alternativos, los rockeros, los “melenudos drogadictos y alcohólicos”, los satánicos; los rastas, los punkeros, los hardcore… los diferentes. Los que crean cultura y no la destruyen. Los que tienen algo que decir al mundo a través de la música, pero no tienen un espacio para expresarlo. Los que año tras año cuentan un minúsculo apoyo gubernamental para mantener esa apariencia de inclusión, “para que se callen y no molesten”. Porque el apoyo real y el espacio para la discusión son mínimos. Y los hechos lo han demostrado.

Es un festival que funciona como plataforma para las bandas ecuatorianas. Estamos mal, de nuevo. Porque, para ese mainstream, la música ecuatoriana se quedó en el pasillo, el sanjuanito y el Julio Jaramillo. Porque la música ecuatoriana de calidad sencillamente no existe a los ojos del establishment, ese monstruo devorador de conciencias y de cultura.

El fútbol, en cambio, ése sí gusta a todo el mundo. Es el opio del pueblo, el que tiene el poder de girar los ojos de todo el planeta hacia África, pero que después de un mes nos hace olvidarnos de que siquiera existe. El que mueve millones de dólares y de influencias. El que tiene toda la maquinaria del establishment ahí detrás. El que sí es un negocio, una verdadera industria. No como la música que, al menos en nuestro país, no lo es y está lejos de serlo, menos aún la independiente (porque en eso hay que darle la razón al monstruo), lejos de ser un medio por el que un músico pueda, de hecho, vivir, respirar y comer música. En este campo impera la autogestión, el esfuerzo… pero ¿de qué vale eso? De qué valen el esfuerzo y el trabajo de un año entero; no, me equivoco, de ocho años de gestión que lleva el festival; no, de décadas de jóvenes y adultos apasionados por la cultura musical, de los orígenes más diversos, que se unen en un mismo espacio de expresión, en el cual ya no son ni se sienten como descastados. Ese esfuerzo no vale nada, se arroja a la basura tras una jornada de violencia inimaginable.

No es que no me guste el fútbol; todo lo contrario. Lo que no me gusta es lo que está detrás y quienes están detrás. No me identifico en especial con ninguna cultura urbana ni tampoco soy una abanderada de ninguna de ellas. Simplemente creo y confío en el respeto y la tolerancia, eso que los políticos solamente dicen, sin siquiera tener la más remota idea de lo que es. Y rechazo la injusticia.

Porque el que hayan “suspendido indefinidamente” el Quito Fest, pero no el Campeonato Nacional de Fútbol no tiene argumento válido alguno. Solo pone en evidencia que no existe un verdadero apoyo gubernamental, que tampoco creo que nunca se lo obtenga. Porque las leyes y los derechos sólo se aplican para unos pocos. Porque el discurso “incluyente y pluralista” no es más que eso, un discurso y no una práctica. Porque las leyes y los derechos solo son para unos pocos. Porque los jóvenes seguimos siendo la última rueda del coche. Porque es evidente que, a pesar del discurso político actual, la sociedad no ha cambiado. Porque se mantienen los mismos estereotipos absurdos. Porque aún tememos a lo diferente.

La lógica no se aplica y no se aplicará. No mientras exista ese monstruo engullidor de culturas, ese establishment, esa estructura podrida de poder. Es decir, siempre. Lo único que queda es la lucha continua, aprovecharse de ese discurso político para que el festival salga adelante. Y ayudarse de esas pocas organizaciones que, esas sí de corazón, apoyan a las causas juveniles. Porque el festival saldrá adelante, muy a pesar de esas élites de poder.

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Sobre el autor

Valeria Guerrero. Redactora.