Rubén Montoya, ex editor del diario El Telégrafo, estaba de vacaciones cuando se acordó cesarlo, la noche del jueves 25 de marzo, durante una sesión extraordinaria.
¿La razón? Su falta de sometimiento a la línea oficial de la Revolución Ciudadana. Otros redactores también rechazaron el sometimiento. Fausto Lara, editor de Economía, salió luego de negarse a publicar una noticia.
Según Jorge Glas, ministro de Telecomunicaciones, la renuncia de Montoya se debe a su posición ilógica ante las decisiones administrativas adoptadas por la Junta de Accionistas. (De la cual, el Ministerio de Telecomunicaciones es dueño casi totalitario): “No pudo congeniar en temas que eran administrativos y que nada tienen que ver con el director del diario, (quien) tiene que manejar temas de líneas editorial… Son términos empresariales y otra cosa es lo que escribas en la parte editorial”. Agregó que una cosa es la empresa El Telégrafo, y otra el periódico homónimo. Quizás este conflicto se debe a que en el pasado no se definieron claramente los roles entre directorio, director y gerente general.
Mariuxi León, editora de Diversidad, al intentar cumplir su turno de fin de semana, se le comunicó que debía recoger sus cosas. Su artículo no fue publicado. Marvin Rotter, gerente de Producción, le había manifestado sus dudas respecto. David Sosa, editor de la sección Séptimo Día, renunció por estar “indignado y cansado” de lo que sucedía.
Aquí se puede leer la carta abierta de RubénMontoya, que escribió como reacción.
¿Qué significan estos despidos o renuncias provocadas? ¿Acaso el Gobierno está dando una idea de la prensa que aspira forjar su Ley de Comunicación?
Con todo, los textos de Montoya y León evadieron la censura de papel y tinta, y encontraron acogida en la Internet. Si la censura se debió a la calidad o peligro del contenido, es algo que cada internauta podrá juzgar.
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