La primera vez que vi La taxista, la más reciente producción nacional, fue hace poco más de dos semanas. He de reconocerlo: no fue por gusto, sino porque ya tenía la intención de hacer esta breve reseña. En verdad, mis expectativas sobre la telenovela nunca fueron muy elevadas y, lamentablemente, verla solamente confirmó mis temores
Para empezar, Rosita, supuestamente una mujer indígena, es protagonizada por una mestiza, Claudia Camposano, quien trabaja en un taxi. ¿Los parecidos? Ninguno. Es más, el acento indígena de Camposano es exagerado, similar al que usan algunas personas, con el mismo fin de crear risas y burlas. Los matices racistas de la telenovela son evidentes, con lo cual se inscribe en la línea de otros programas ofensivos de la televisión ecuatoriana, cuya comicidad se limita a la burla.
Pero algo sí me llamó la atención: yo, que no veo televisión nacional prácticamente nunca, me enteré de la existencia de esta novela. ¿Cómo?Gracias a la campaña de difusión masiva realizada por Ecuavisa, al menos en la ciudad de Quito, mucho antes del estreno: incluso los que nunca estamos interesados nos enteremos. Qué bueno sería que estos recursos se invirtieran en producciones que verdaderamente reflejen a la población ecuatoriana en su diversidad y no solamente una visión maniquea de la misma, influenciada por el poder.




