“Los trapos sucios se lavan en casa”. La reciente crisis de la pederastia clerical da visos de que éste ha sido el lema bajo el cual la Iglesia Católica ha operado durante las últimas cuatro décadas. Lamentablemente para el clero católico, la sabiduría popular tiene otra joya que les va como anillo al dedo: “La verdad siempre sale a flote”.
Más tarde que temprano, los casos de abusos sexuales por parte de curas católicos han salido a la luz pública y han conmocionado a la opinión pública, que se pregunta: ¿Quién ha encubierto la pedofilia del clero durante estos años? ¿Los Arzobispos de las diócesis donde se cometieron las agresiones? ¿Los Tribunales Canónicos que supervisaban los casos, como la Congregación para la Doctrina de la Fe?
Los medios de comunicación tienen la respuesta: todos los anteriores, siempre y cuando se trate de Joseph Ratzinger, el actual Papa Benedicto XVI.
Joseph Ratzinger era arzobispo de Múnich en 1980 cuando ordenó el traslado del sacerdote pederasta Peter Hulermann a la comunidad de Baviera, donde recibiría tratamiento para superar la pedofilia. Pocos días después de empezada la terapia, el vicario General, Gerhard Gruber asignó una misión pastoral a Hulermann, a pesar de las órdenes explícitas del entonces obispo de Múnich de no hacerlo. El cura pederasta se enredó nuevamente en las redes de su enfermedad y agredió sexualmente a otro menor.
Por supuesto, Gruber asumió la total responsabilidad por su equivocada decisión de retornar al sacerdote abusador a sus labores pastorales. Pero los medios se empeñan en atribuir la responsabilidad a Ratzinger. Según el New York Times y los titulares de varios medios, como El País, “Ratzinger supo de la vuelta de un cura pederasta a la actividad parroquial cuando era obispo de Múnich”, a través de un informe que el vicario había enviado al actual Papa. El mismo periódico neoyorquino menciona que no está claro el rol de Ratzinger en el caso Hulermann y que es posible que el informe nunca haya aterrizado en el escritorio de Ratzinger, pero… ¿los medios no afirmaron que Ratzinger sabía de la decisión de su subordinado?
Un sacerdote estadounidense, Lawrence Murphy, abusó de unos 200 niños sordos mientras trabajaba en un colegio de Milwaukee, desde 1950 hasta 1974. En este año, Murphy renunció por acusaciones de abusos sexuales y se trasladó a Superior, una ciudad del norte de Wisconsin, sin recibir ninguna amonestación por parte del obispo. Durante los 24 años que Murphy anduvo libremente por las calles de Superior, tres obispos de Wisconsin sabían que había cometido abusos contra menores, pero nunca informaron a autoridades civiles. Años más tarde, cuando las víctimas acusaron a Murphy en juicio penal, el caso ya había prescrito. Recién dos años antes de la muerte de Murphy, en 1996, el obispo de Milwaukee reportó el caso al Cardenal Ratzinger, cabeza de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Murphy es anciano y enfermo, y no se han reportado abusos durante más de 20 años. La Congregación ordena que se inicie un juicio contra el cura pedófilo, pero deciden suspenderlo dos días antes de su muerte. Otro caso juzgado por los medios: “Ratzinger calló ante las denuncias contra el abusador de 200 niños”, menciona el titular del diario El País.
Los medios son herederos del expresionismo alemán, una tendencia artística que deforma y altera voluntariamente la perspectiva de la realidad. Lamentablemente, la comunicación masiva no opera bajo intereses estéticos, sino meramente económicos… ¿Qué mejor para las ventas del medio que implicar directamente al ortodoxo Papa Benedicto XVI en los escándalos de abusos sexuales? Lo que los medios callan es que Ratzinger es uno de los que más ha luchado contra las agresiones a menores. Fue el primer Papa en pedir disculpas públicas por la pedofilia en miembros del clero. Ordenó a los obispos abrir investigaciones de abusos en cuanto hubiera indicios suficientes. Reformó el Código de Derecho Canónico para agilitar el proceso en los casos de pedofilia.
Los medios deberían ser honestos de una buena vez por todas y señalar a los verdaderos culpables: los obispos que mantienen una firme voluntad de misterio y se niegan a acatar las normas y denunciar a los criminales, y la sociedad.







