Quienes contamos con una formación académica en periodismo, adquirida en las aulas universitarias y reforzada por cientos de lecturas, reflexiones y varias experiencias laborales, no podemos menos que observar con irónico escepticismo el aparecimiento de ‘figuras’ del espectáculo mediático en el que frecuentemente degeneran los noticieros, los segmentos ‘de opinión’ o los programas de ‘investigación periodística’ (campo en el cual sí existen notables excepciones).
Aunque muchas de esas figuras caen relativamente pronto en el descrédito, a causa no solo de su incompetencia como comunicadores, sino de sus dudosas razones para definirse y trabajar como tales (¿se acuerdan de Vicente Olmedo?), hay algunos personajes de los shows periodísticos que logran mantenerse en pantallas, páginas editoriales y horarios estelares a fuerza de tozudez, vanidad y ambiciones.
Bueno, y como nadie se manifestará contrario a ningún ejercicio de opinión basado en las libertades con que uno cuenta como ciudadano, diré que, en un principio, yo pensaba que Carlos Vera se comportaba como lo hacía solamente por las dos primeras razones. Pero ahora veo claramente cuál es el alcance y la naturaleza de sus ambiciones.
Este diálogo entre profesionales del periodismo es como para ¿dejarnos helados del susto?, ¿hacernos reír?, ¿generarnos indignación como personas que respetamos esta profesión? Probablemente las tres cosas.
Carlos Vera se ha pasado a Youtube, donde ha montado un canal, Carlos Vera TV. Internet y el periodismo en red tienen una gran ventaja sobre el periodismo tradicional, que es relativizar toda opinión, y por esa misma razón, democratizarla. Vera, como estrella de TV que ya no tiene espacio, incursiona en la web como un último recurso, en una acción extrema para no perder protagonismo. Esto es fácil de demostrar: sus posturas editoriales son exactamente iguales a las que mantenía en Ecuavisa (el hombre opina y opina, con la misma sospechosa soltura, acerca de cuanto se le antoja o le gusta -como el tenis-; nadie salvo él habla; se ha tomado tan en serio el asunto de oponerse al Gobierno que, como hemos visto, ha llegado a darse cuenta de que él podría hacerlo mejor).
No se ve en Carlos Vera TV que este periodista haya comprendido la dinámica de los nuevos medios. Su opinión es tan monolítica y autárquica como siempre. No busca seguidores, sino una especie de fans. Parece que su postura editorial exige, antes que adhesiones razonadas a sus ideas, admiración incondicional (esto es una apreciación personal).
Otra cosa que se debe notar es que el discurso de Vera se basa en una sobrevaloración de sus propias ideas. Un buen periodista es, por definición y naturaleza, esencialmente escéptico. Eso quiere decir que, en principio, desconfía de cualquier versión de la realidad mientras no la analiza, contextualiza y confronta. Eso incluye su PROPIA VISIÓN DE LA REALIDAD. Todo empieza por allí. Vera parece absolutamente seguro de la certeza de sus opiniones. Es lo que le hace tan escasamente confiable.
Ken Brockman, famoso periodista de la ciudad de Sprignfield, se vio en una situación similar a la que Carlos Vera enfrentó después de salir de Ecuavisa. A Ken le despidieron del canal porque se le salió una palabrota al aire. Desesperado, decidió tomar el consejo de alguien que le había hablado de Internet y Youtube. Así que abrió su canal. Entonces pudo comunicarle al mundo lo que realmente pensaba como periodista, sin preocuparse por el rating o por su imagen personal. Investigó, hizo denuncias sobre los medios, se volvió crítico y mordaz y poco a poco adquirió miles de seguidores que confiaban en su palabra, que le creían.
Pero como nuevamente era popular, el canal que le había despedido porque se le salió una grosería frente a las cámaras le ofreció el triple de su sueldo anterior para que regresara a la TV, para que volviera a ser una estrella.
¿Adivinan lo que hizo Ken Brockman?
El periodismo en red implica una importante evolución, no solo tecnológica, sino editorial. Lo que cambia no es solo la forma de publicar la información, sino el modelo mismo de lo que es la comunicación. La web replantea los roles del periodista/emisor y el público/receptor. El mensaje es, en Internet, un contenido compartido. No hay vuelta posible. El público en Internet está tanto o más enterado que el mismo periodista sobre muchos temas. Es crítico por naturaleza. No es el pacífico televidente que se contenta con decir para sí mismo: “Eso no es así, él no tiene la razón”. El público en la web confronta al periodista, lo confronta realmente, concretamente, exige mucho más de él. En Internet, la credibilidad no se consigue alzando la voz, rasgándose la vestiduras, interrumpiendo a los entrevistados ni apretando las mandíbulas durante los ‘espacios editoriales’. La credibilidad se logra, entre muchos otros factores, con una base de sinceridad, de ausencia de segundas intenciones. Por eso creo que Internet no es el medio para Carlos Vera. Y si vuelve a la TV, quedará confirmado que lo suyo es, como para Brockman, el espectáculo y el culto personal, muy, muy lejos del periodismo serio y profesional.
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Excelente el ejemplo el del caso de Ken Vera.
Las verdaderas intenciones de Vera son políticas, coincidiendo con que
“No busca seguidores, sino una especie de fans. Parece que su postura editorial exige, antes que adhesiones razonadas a sus ideas”
En sus desvaríos actuales ya ve un futuro con al menos 1 millón de seguidores, que además le van a colaborar con $10 cada uno para financiar su partido. No creo que amerita decir mucho más que eso, él solito se está haciendo su camino hacia el basurero de la historia del periodismo del país.
Pero la ‘pasión’ de Vera, y sus ínfulas de paladín a mi me parece podrían ser una distorsión de principios.
Asistí a un foro con Arturo Torres, Mariana Neira y Omar Ospina, todos ellos periodistas de investigación, en CIESPAL. El primero habló sobre las carencias en la universidad ecuatoriana en la formación para la investigación periodística, de la necesidad de una metodología y de crear “unidades investigativas” que serían mejor que los investigadores solitarios.
Yo pregunté al final si no sería esa necesidad razón para que se considere, en la ley de comunicación de la que se discute actualmente, que sea obligatoria la formación universitaria para ciertos puestos, como por ejemplo la persona que enseñe a esas unidades de investigación esa metodología de la que habló Torres. También pregunté si no es una distorsión incial que quienes deciden convertirse en periodistas investigativos se crean paladines de la justicia (bajo su concepto de justicia, claro) y eso se convierta en esa denunciología vacía que tanto abunda en los noticieros más vistos.
La respuesta de los tres fue que el periodismo es una cuestión de mística antes que otra cosa, y que no es necesaria la formación universitaria para que alguien sea periodista de investigación.
No sé si pensar que eso quiere decir que en un noticiero o un periódico debe ser una cuestión de casualidad que, entre los periodistas investigadores empíricos con mística, aparezca uno que les enseñe una metodología… si no se da esa casualidad entonces cada medio tiene derecho a que sus periodistas hagan su camino hacia el correcto desempeño (quizá) por medio de prueba y error.